reflexiones

Nueva entrada Marzo

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El mes de marzo es para nosotros la antesala de la celebracion más grande de las celebraciones: la Pascua. 

Todos los años nos preparamos con esos cuarenta días de ayuno, oracion y penitencia que quiere ser una forma sencilla y significativa de hacer una opcion: optamos por lo más dificil en contra de lo más fácil, por lo que cuesta en contra de lo que no cuesta, por lo que nos supone un sacrificio en contra del facilismo al que estamos acostumbrados. No siempre es fácil, pero es verdad que tenemos necesidad de realizar demostraciones 

La vida es un dialogo:

A pesar de la necesidad del otro que todos sentimos, a pesar del sentimiento y la conviccion de nuestra insuficiencia, de que no nos bastamos , de que no quedamos satisfechos con nuestra mismidad, casi todos, en un momento u otro sentimos ganas de estar solos. De estar solos ante las cosas, sin testigos, humanos en nuestra presencia. 

Deseamos subir a lo alto de una montaña y contemplar el mundo desde allí, en contacto con la naturaleza, sin que nadie nos vigile. Deseamos, con frecuencia estar solos ante Dios, sin intermediarios.

Cuando lo conseguimos respiramos a fondo complacidos, como si hubieramos conseguido la máxima libertad, como si nuestra persona fuese entonces todo lo que puede y debe ser. Entonces entramos en el soliloquio de nuestro pensamiento. 

La emocion que nos provoca el fenómeno de nuestra contemplación, el sentimiento que surge de una idea de nuestra meditación nos devuelven a nuestra auténtica realidad y nos colocan ante la humanísima necesitdad dialógica.
Setimos que no hay vida sin dialogo y vuelve a aparecer el otro como necesidad ineludible, como complemento de nuestra existencia. Entonces nos damos cuenta de que , si bien estar solo desde nuestra esencia era posible, no lo era desde nuestra existencia.
En consecuencia, desde la soledad sentimos la precision de integrarnos en la comunidad. La soledad nos ha advertido a las claras que nuestra intimidad requiere de alguien que nos la puede devolver, comunicándonos la suya por medio del diálogo; de alguien que nos devuelva el eco de nuestra propia voz interior. De esta vida dialógica surge el amor

Aportes de la Jornada Mundial de la Juventud

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Cinco puntos a tener en cuenta en la JORNADA MUNDIAL DE LA JUVENTUD

“Vivimos hoy en un momento especialmente intenso. La santa Navidad está ya muy cerca y lleva a la gran familia de la Curia romana a reunirse para este hermoso intercambio de felicitaciones, que conllevan el deseo recíproco de vivir con alegría y auténtico fruto espiritual la fiesta de Dios que se hizo carne y puso su morada entre nosotros”, inició su discurso el papa.

Tras agradecer a los presentes su dedicación a la Iglesia, afrontó la crisis económica y financiera que vive especialmente Europa. Una crisis, dijo, que, en última instancia, “se funda sobre la crisis ética que amenaza al Viejo Continente”.

“Aunque no están en discusión algunos valores como la solidaridad –añadió–, el compromiso por los demás, la responsabilidad por los pobres y los que sufren, falta con frecuencia, sin embargo, la fuerza que los motive, capaz de inducir a las personas y a los grupos sociales a renuncias y sacrificios”.

De esta crisis, dijo, “surgen preguntas muy fundamentales: ¿Dónde está la luz que pueda iluminar nuestro conocimiento, no sólo con ideas generales, sino con imperativos concretos? ¿Dónde está la fuerza que lleva hacia lo alto nuestra voluntad? Estas son preguntas a las que debe responder nuestro anuncio del Evangelio, la nueva evangelización, para que el mensaje llegue a ser acontecimiento, el anuncio se convierta en vida”.

Para el papa, el gran tema de este año, como también de los siguientes, es “cómo anunciar el Evangelio”.

“¿De qué manera la fe, en cuanto fuerza viva y vital, puede llegar a ser hoy realidad?, se preguntó, afirmando que “todos los acontecimientos eclesiales del año que está por concluir han estado relacionados en definitiva con este tema”.

Recordó los viajes a Croacia, a España, a Alemania, y a Benín. Califcó también de “inolvidables” los viajes a Venecia, San Marino, Ancona y Calabria. Sin olvidar el encuentro entre las religiones y entre las personas en búsqueda de verdad y de paz en Asís: “Una jornada concebida como un nuevo impulso en la peregrinación hacia la verdad y la paz”.

La institución del Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, dijo, “nos remite anticipadamente al Sínodo que sobre el mismo tema tendrá lugar en el próximo año”. “También tiene que ver con ello el Año de la Fe, en recuerdo del comienzo del Concilio, hace cincuenta años”, añadió.

Tuvo palabras llenas de afecto para los africanos: “…el encuentro en África con la gozosa pasión por la fe ha sido de gran aliento. Allí no se percibía ninguna señal del cansancio de la fe, tan difundido entre nosotros, ningún tedio de ser cristianos, como se percibe cada vez más en nosotros. Con tantos problemas, sufrimientos y penas como hay ciertamente en África, siempre se experimentaba sin embargo la alegría de ser cristianos, de estar sostenidos por la felicidad interior de conocer a Cristo y de pertenecer a su Iglesia. De esta alegría nacen también las energías para servir a Cristo en las situaciones agobiantes de sufrimiento humano, para ponerse a su disposición, sin replegarse en el propio bienestar. Encontrar esta fe dispuesta al sacrificio, y precisamente alegre en ello, es una gran medicina contra el cansancio de ser cristianos que experimentamos en Europa”.

Y calificó de “magnífica experiencia” la Jornada Mundial de la Juventud, en Madrid, otra “medicina contra el cansancio de creer”. “Ha sido una nueva evangelización vivida”, afirmó.

“Cada vez con más claridad se perfila en las Jornadas Mundiales de la Juventud un modo nuevo, rejuvenecido, de ser cristiano”, un modo de ser que sintetizó en cinco puntos.

Primero, “hay una nueva experiencia de la catolicidad, la universalidad de la Iglesia. Esto es lo que ha impresionado de inmediato a los jóvenes y a todos los presentes: venimos de todos los continentes y, aunque nunca nos hemos visto antes, nos conocemos”.

Segundo: “De aquí nace después un modo nuevo de vivir el ser hombres, el ser cristianos. Una de las experiencias más importantes de aquellos días ha sido para mí el encuentro con los voluntarios de la Jornada Mundial de la Juventud”, “Al final, estos jóvenes estaban visible y ‘tangiblemente’ llenos de una gran sensación de felicidad”, “Estos jóvenes han hecho el bien –aun cuando ese hacer haya sido costoso, aunque haya supuesto sacrificios– simplemente porque hacer el bien es algo hermoso, es hermoso ser para los demás”.

Tercero: La adoración. Recordó momento de adoración en sus viajes Hyde Park, Zagreb y Madrid, “tras el temporal que amenazaba con estropear todo el encuentro nocturno, al no funcionar los micrófonos”.

“Dios es omnipresente, sí. Pero la presencia corpórea de Cristo resucitado es otra cosa, algo nuevo. El Resucitado viene en medio de nosotros. Y entonces no podemos sino decir con el apóstol Tomás: ‘Señor mío y Dios mío’. La adoración es ante todo un acto de fe: el acto de fe como tal. Dios no es una hipótesis cualquiera, posible o imposible, sobre el origen del universo. Él está allí. Y si él está presente, yo me inclino ante él. Entonces, razón, voluntad y corazón se abren hacia él, a partir de él”.

Cuarto: la presencia del Sacramento de la Penitencia que, de modo cada vez más natural, forma parte del conjunto. “Con eso reconocemos que tenemos continuamente necesidad de perdón y que perdón significa responsabilidad”.

Quinto: la alegría. “¿De dónde viene? ¿Cómo se explica?”, se preguntó. Y respondió: “Seguramente hay muchos factores que intervienen a la vez. Pero, según mi parecer, lo decisivo es la certeza que proviene de la fe: yo soy amado. Tengo un cometido en la historia. Soy aceptado, soy querido”. “La fe alegra desde dentro. Ésta es una de las experiencias maravillosas de las Jornadas Mundiales de la Juventud”.

Sin tiempo para detenerse en el encuentro de Asís “como merecería la importancia del acontecimiento”, invitó a agradecer “sencillamente a Dios porque nosotros –representantes de las religiones del mundo y también representantes del pensamiento en búsqueda de la verdad– pudimos encontrarnos aquel día en un clima de amistad y de respeto recíproco, en el amor por la verdad y en la responsabilidad común por la paz”.

“Podemos esperar que de este encuentro haya nacido una nueva disponibilidad para servir la paz, la reconciliación y la justicia”, señaló.

Y concluyó agradeciendo “de corazón a todos vosotros por el apoyo para llevar adelante la misión que el Señor nos ha confiado como testigos de su verdad, y os deseo a todos la alegría que Dios, en la encarnación de su Hijo, nos ha querido dar. Feliz Navidad a todos vosotros”.

15 días con S. Eugenio

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Selección de Estudios Oblatos

2003, nª 69-70

ORAR 15 DÍAS CON EUGENIO DE MAZENOD

Por Bernard DULLIER

ÍNDICE

Introducción

A. Eugenio de Mazenod (síntesis biográfica) 3

B. Jalones de su itinerario espiritual 5

1. Descubrirse a sí mismo 7

2. Descubrir la Cruz de Cristo 11

3. Descubrir la amistad de Cristo 15

4. Optar por la Gloria de Dios 19

5. Optar por el Hombre 23

6. Optar por la Iglesia 27

7. Arriesgarse a la Santidad 31

8. Arriesgarse a salir de la rutina 35

9. Arriesgarse a amar a los otros 39

10. Ser fiel en las tormentas 43

11. Ser fiel en la noche 47

12. Ser fiel en lo cotidiano 51

13. Avanzar con la Eucaristía 55

14. Avanzar con los Hermanos 59

15. Avanzar con María 63

PRESENTACIÓN

En este número doble de SEO damos cabida a un nuevo género literario. No se trata de una investigación o estudio en torno al carisma de San Eugenio, sino de una reflexión orante sobre los puntos esenciales de ese carisma.

Nos ha movido a ello el deseo de poner al alcance de los oblatos de habla hispana la riqueza espiritual del bello librito del P. Dullier Prier 15 jours avec Eugène de Mazenod. Nouvelle Cité, 2001.

Pensamos que con ello no nos salimos del marco general de nuestro SEO, sino que invitamos a los hermanos a mirar los conceptos ya adquiridos sobre el espíritu de San Eugenio desde un nuevo mirador: desde la vivencia interna, contemplativa, del mismo Eugenio, a quien queremos acompañar por unos días – como en un retiro espiritual – dejándonos inspirar por su llama.

La obra del P. Dullier nos llama a orar en sintonía con nuestro Fundador y nos brinda la oportunidad de adentrarnos con él en el misterio de su vocación . Sin duda, los oblatos y los laicos asociados encontrarán también aquí un recurso estupendo para la celebración de fiestas oblatas.

Los Editores

N.B. Para las referencias a las obras de S. Eugenio usamos en general las del Autor : EO [Écrits Oblats] . Para los volúmenes 7, 14 y 15 de esa colección, traducidos al castellano, usamos la forma Cartas, y EE [Escritos espirituales].

INTRODUCCIÓN

Síntesis biográfica

Carlos José Eugenio de Mazenod nace en Aix de Provenza el 1 de agosto de 1782. Su padre ocupa el puesto importante de presidente en el Tribunal de Cuentas ante el parlamento de Provenza y, con sus padres y su hermana, habita en uno de los palacios del prestigioso paseo Mirabeau. La vida de la familia no es de las más felices. La unión era un matrimonio de conveniencia entre un aristócrata sin dinero y una acaudalada burguesa con sueños de nobleza. La desavenencia acabará en un divorcio formal en 1802.

Desarraigado por el torbellino de la Revolución francesa, Eugenio sigue a su familia en el destierro, primero a Niza, luego a Venecia, a Nápoles y finalmente a Palermo. Estas migraciones marcan al joven Eugenio y le exponen a un montón de influencias buenas o malas. En Venecia conoce a un excelente sacerdote, Don Bartolo Zinelli, cuyos consejos le ayudan mucho. Pero en Palermo, se sumerge en un mundo de despreocupación. Brilla en los salones y en la Corte. Alardea del título de conde y olvida por completo la piedad de su infancia.

Reclamado por su madre, vuelve a Francia en 1802. Por cinco años lleva una vida de placer en las mansiones de Aix. Quiere efectuar un rico matrimonio para restaurar su fortuna, comportándose como todos aquellos nobles que vuelven del exilio sin haber aprendido nada de la Revolución ni haber olvidado nada de sus antiguos privilegios. Frecuenta la Iglesia, pues “ un noble debe practicar la religión y mostrar el ejemplo”. Cree “en un Dios todopoderoso y garante del orden social”. Pero ese estilo de vida ligera y orientada hacia los placeres no le satisface y siente profundamente el vacío y la inutilidad de su existencia.

En 1807, durante el oficio del Viernes Santo, conmovido por la Cruz de Cristo, hace el descubrimiento del Dios Amor. Esta “conversión”le lleva a la decisión de entregar su vida a Cristo. A pesar de la oposición familiar, entra en el seminario de San Sulpicio en Paría, en 1808, y recibe la ordenación sacerdotal el 21 de diciembre de 1811 en Amiens.

Regresado a Aix en octubre de 1812,decide no asumir ningún ministerio parroquial a fin de estar más libre para ejercer el sacerdocio según las llamadas percibidas. Así, comienza reuniendo a los jóvenes desocupados de la ciudad y crea una Asociación de Juventud. Al mismo tiempo presta atención a los prisioneros y a los condenados a muerte. Finalmente, se interesa por los más abandonados de las clases sociales bajas que solo hablan el idioma provenzal.

Pero Eugenio no tarda en darse cuenta de que para esa obra no basta un esfuerzo individual. Por eso agrupa a algunos sacerdotes a los que instala, el 25 de enero de 1816, en el antiguo carmelo de Aix. El grupo llamado “Misioneros de Provenza” se consagra a la evangelización de las zonas rurales más alejadas.

Los éxitos son abundantes, pero surge una viva oposición de parte de muchos párrocos y de algunos obispos. La obra está amenazada y, para que sobreviva, Eugenio de Mazenod que desde 1823 ha pasado a ser vicario general de la diócesis de Marsella, apela al Papa. El 17 de febrero de 1826, León XII reconoce la nueva familia religiosa, formada por sacerdotes y hermanos, con el nombre de Misioneros Oblatos de María Inmaculada.

Con la revolución de 1830 y el acceso al trono de Luis Felipe I, las relaciones entre el Rey y el Papa se ponen tensas. Para manifestar la independencia de la Iglesia, el Papa hace un gesto autoritario nombrando a Eugenio de Mazenod obispo “in partibus” sin la aprobación del Rey. La reacción de éste es violenta. Se desata contra el nuevo obispo una campaña de prensa, y queda privado de la nacionalidad francesa. Él intenta defenderse, pero el Papa se lo prohíbe. “Dejado de la mano” por la Iglesia, vive entonces la pesada prueba de la noche y del abandono.

Las cosas no se arreglan hasta 1837. Entonces es nombrado obispo titular de Marsella. En adelante, hasta la muerte, ejerce el doble cargo de superior general de su Congregación y de pastor de la segunda ciudad de Francia.

Como obispo, reorganiza su diócesis en plena expansión. Crea más de veinte parroquias, reactiva los lugares de peregrinación, entre ellos el de Notre Dame de la Garde, crea escuelas, multiplica las obras benéficas, llama a unas treinta Congregaciones religiosas. Sobre todo, muestra una atención de cada momento para con los más despreciados y los más abandonados. Ninguna miseria le deja indiferente. Visita los barrios leprosos, recibe a todos los que desean encontrarlo, al prefecto como a las pescoderas,, al alcalde como a los estibadores y las prostitutas. Queda en su puesto cuando hay epidemias de peste, supliendo la ausencia de las autoridades civiles y organizando la caridad “porque para necesidades nuevas, se deben inventar, cuando hace falta, nuevos medios”.

Como superior general, está atento a las necesidades de la Iglesia dondequiera que sea. Acepta la dirección de varios seminarios, se hace cargo de santuarios marianos. Sobre todo, se afana por acudir allí donde el Evangelio no ha sido anunciado, sea en Francia, sea fuera y abre la Congregación a las dimensiones del mundo. En 1841 manda seis oblatos al Canadá. Luego las fundaciones se multiplican: Inglaterra, Irlanda, Sri Lanka, Estados Unidos, África del Sur.

Mantiene con sus misioneros una abundante correspondencia en la que se refleja su corazón de padre. Comparte todos sus gozos y todas sus penas.

Mediterráneo ardiente, Eugenio es capaz de cóleras que parecen ráfagas de mistral, pero es porque siente pasión por Cristo y por el hombre, y todos saben que tiene un corazón grande como el mundo.

Sigue ejerciendo su doble responsabilidad hasta su muerte, el 21 de mayo de 1861. En ese momento su familia ha pasado de 6 a 411 miembros, y la población de su diócesis de 120.000 a 340.000 habitantes. Al morir recomienda a los suyos la caridad dentro de la familia y el celo fuera.

“Pauperes evangelizantur” – se anuncia la Buena Nueva a los pobres – esa es la frase del Evangelio que lo derriba un viernes santo, y que él escoge como divisa para su familia religiosa y para su episcopado.

A imagen de Cristo, su Señor, amó apasionadamente a los hombres. Unas horas antes de morir, confía a uno de sus íntimos: “Es preciso que todos sepáis que Dios me ha dado un corazón de una capacidad inmensa y que con este corazón , me ha permitido amar inmensamente… Cuando yo falte, tendréis siempre a alguien que me reemplace en mi autoridad y que os estime según vuestros méritos. Pero jamás tendréis a alguien que os ame como yo os amo”

El Papa Pablo VI lo beatificó el 19 de octubre de 1975, y Juan Pablo II lo canonizó el 4 de diciembre de 1995.

Jalones de su itinerario espiritual:
“SOLO DIOS ES DIGNO DE VOSOTROS”

“Dios mío, a la vista de las dificultades que se encuentran para cumplir los propios deberes, habría motivos para desalentarse y dar marcha atrás. Sin embargo, hay que ir adelante. Es una necesidad por la gloria de Dios. Tengamos ánimo y contemos con su gracia. Pero para esto es preciso ante todo, trabajar por hacerme santo”.

Estas líneas escritas en 1837 marcan la trayectoria espiritual de Eugenio y nos servirán como línea directriz en el camino que vamos a emprender con él durante estos 15 días.

Cuando el joven conde de Mazenod entra en el seminario, es invitado por su director espiritual a echar una mirada retrospectiva. Para responder al llamamiento de Dios, comienza por descubrir la extensión de sus infidelidades y de su pecado (1). Pero al mismo tiempo descubre la Cruz de Cristo, signo del amor de Dios (2), que le revela su amistad inimaginable (3).

Cuando el abate de Mazenod decide fundar los Misioneros de Provenza con vistas a evangelizar a los más pobres, aprecia cuánto le ha transformado la elección de Cristo. El joven mundano, centrado en sí mismo ha sido llevado a hacer opciones. Enamorado de Dios, escoge dar la vida por la gloria de ese Dios Amor (4). Pero uno no puede optar por un Dios que ama a los hombres, sin escoger al mismo tiempo al hombre, y sobre todo al más abandonado (5). Y como a los hombres, Dios los congrega en una familia, la Iglesia, al escoger al hombre, uno escoge servir a la Iglesia (6).

Cuando el fundador de Mazenod apela al Papa para salvar su obra, se da cuenta de los riesgos que ha asumido. Ha aceptado ser elegido por Dios y ahí está el riesgo de la santidad (/). Luego tuvo que vivir ese amor de Dios y del hombre en lo cotidiano, y ahí está el riesgo de la rutina (8). Finalmente, tuvo que aceptar el verse molestado, el dejarse sorprender por los acontecimientos, y ahí está el riesgo del amor al prójimo (9).

Cuando de Mazenod, como nuevo obispo, toma posesión de la sede de Marsella, percibe cuán rudo combate implicaba su fidelidad a la amistad con Cristo. Las tempestades estuvieron a punto de echar a pique todo lo que él emprendía (10). Los silencios de Dios, que parece a veces callarse o estar ausente, pusieron a prueba su fidelidad (11). Finalmente, conoció la tentación de la duda, duda sobre sí mismo y sus propias fuerzas, duda sobre la utilidad de las cosas emprendidas, y duda sobre los hombres (12).

Cuando de Mazenod ya viejo redacta su testamento, mide todo el camino recorrido. Se ha atrevido a todas las audacias gracias a Cristo, celebrado, recibido y adorado en la Eucaristía (13). Luego, tuvo la suerte de tener hijos a quienes amar, los Oblatos de María Inmaculada, cuyas alegrías y penas compartió (14). Finalmente, experimentó siempre una inmensa ternura para con María, su Madre Inmaculada (15).

Entonces, al final de estos 15 días, podremos retomar por nuestra cuenta las palabras entusiasmantes que San Eugenio de Mazenod dirigía al pueblo humilde de Provenza el miércoles de ceniza de 1813, en la iglesia de la Magdalena de Aix: “Solo Dios es digno de vuestra alma. Solo Dios puede dar satisfacción a vuestro corazón”.

Primer día

DESCUBRIRSE A SÍ MISMO

Jesús, mi buen Maestro, echad una mirada de compasión sobre vuestro pobre servidor. Me parece que os amo, pero temo engañarme. Si me preguntarais como a Pedro, creo que os respondería como él: “Sí, Señor, os amo”, pero no esperaría a la tercera pregunta para sentirme inquieto acerca de la sinceridad de ese amor. Lo repito, temo engañarme y, mientras creo que os amo, vos veis que no os amo en absoluto.

Soy pecador, lo sé. Considero lo que soy ante Dios. Admiro su bondad y la paciencia con me ha aguardado. El exceso de mi ingratitud me hace entrar en una confusión difícil de expresar”

(Escr. Espir. 14, nº 95)

Cuando Eugenio escribe estas líneas tiene 30 años. Va a ser ordenado dentro de unos días y, para prepararse, empieza un retiro con un proyecto preciso:

“Purificar mi alma y vaciar enteramente mi corazón, a fin de que el Espíritu Santo, no hallando ya obstáculo en mí a sus divinas operaciones, lo llene todo en mí del amor de Jesucristo, mi Salvador.

Entonces podré vivir y respirar solo para él, consumirme en su amor sirviéndole y dando a conocer qué amable es y qué locos son los hombres al buscar en otra parte el descanso de sus corazones que solo en él podrán encontrar” (ib.).

El camino que le ha traído hasta aquí no ha sido un largo río tranquilo. Hijo acomodado de la alta nobleza provenzal, con la perspectiva de un porvenir de holgura y de lujo, conoció la Revolución de 1789, la fuga y el exilio. Conoció la dislocación de su familia y el divorcio de sus padres por sórdidas razones financieras. Pronto ya no es más que un joven solo, sin dinero y dejado a sí mismo en Nápoles, antes de convertirse, así va la rueda de la fortuna, en el preferido de la Corte de Palermo.

Desborda de todas las pasiones y ha querido morder la vida a dentelladas. Le gusta estar rodeado de amigos y de amigas, sobre todo si son ricos y con títulos. Se goza en aparentar y dárselas de guapo inventándose un título de conde al que no tiene ningún derecho.

Regresado a Francia en 1802, pronto vuelve a hacerse a las costumbres de su casta, frecuentando asiduamente los salones de Aix y corriendo de baile en baile, de fiesta en fiesta.

Arruinado en parte por la Revolución, y viviendo muy por encima de sus medios, sueña con un rico matrimonio y rehúsa con desdén un partido no bastante afortunado a sus ojos:

“Juzgue qué conveniente era todo eso para mí: ¡40.000 francos, cuando yo quiero 150.000!” (Carta, 18-1-03).

“Veo que no me voy a casar nunca porque las dotes, en este país, no son suficientes. Yo no puedo ni debo hacer esa locura más que con una mujer que me saque a flote los negocios” (Carta 12-2-03).

Sin ninguna falsa modestia, se encuentra bastante satisfecho de su persona y trata de hacerlo girar todo en torno a sí:

“Me gusta ser amado y especialmente por aquellos cuya amistad halaga mi amor propio” (EE 14, nº 30).

Utiliza a los demás para sus fines personales:
“He meditado sobre el uso que he hecho de las criaturas. Me ha sido fácil ver que he abusado de ellas toda mi vida, al menos hasta la época de mi conversión. Lejos de haberlas hecho servir a su destino, he puesto en ellas mi fin último, me he ocupado solo de ellas, solo en ellas me he complacido” (EE 14, nº 95).

Esta búsqueda de sí mismo le ha llevado también a alejarse de Dios hasta echarlo fuera de su vida y de sus preocupaciones. El Dios de su infancia se le ha vuelto bien extraño. La búsqueda loca de los placeres y del éxito social, no deja ningún lugar al Dios de Jesucristo. Sin duda, no ha renegado explícitamente de su bautismo. Ha seguido practicando y manifestando los signos externos de pertenencia a la Iglesia. Pero Dios ya no es para él más que un concepto, una serie de verdades a las que se adhiere en nombre de principios morales y sociales:

“Me he contentado con usar de Dios, por decirlo así, con servirme de él, con mirarlo solo como de pasada” (EE 14, nº 95).

He ahí lo que fue su camino. Evidentemente, es doloroso para todo ser humano volver sobre semejante pasado y descubrirse guiado por una voluntad de aparecer y por el deseo del placer inmediato. Y es aún más doloroso cuando se tiene el orgullo de un “conde” Eugenio de Mazenod, en cuyo carácter la modestia no brilla como rasgo distintivo. Así, el descubrimiento que hace resulta más impactante:

“Dios me ha aceptado tal como yo era. No ha querido darse cuenta de los ultrajes que no he cesado de hacerle. Siempre idéntico a sí mismo, me ha abierto su corazón amoroso” (Ib.).

No sirve de nada construir sobre ilusiones pues un día u otro acaban por derrumbarse y entonces ya no queda más que la impresión de haber pasado al margen de lo esencial. En el momento en que va a comprometerse para siempre a construir su vida sobre Dios y con Dios, a pesar del peso de su pasado, descubre que eso le es posible solo con una condición: dejando caer todas las máscaras, todos los personajes que uno mismo ha querido representar ante sí mismo y ante los otros:

“¡Dios mío, qué imperfecta es todavía mi conversión! La raíz del pecado sigue aún en mí, los pensamientos y los recuerdos del mundo siguen ocupando fuertemente mi espíritu, los objetos a los que he renunciado, siguen impresionando mi imaginación y describen en ella imágenes funestas” (Ib. )

La verdad acerca de su pasado le permite rebotar hacia el futuro con una conciencia clara de sus debilidades y con una confianza redoblada en la misericordia de Dios:

“Dios nos hace sacar provecho incluso de las caídas a las que nos ha podido arrastrar la fragilidad de nuestra naturaleza… Es para nosotros la ocasión de redoblar la confianza en Dios, único apoyo sólido de veras… Así es como nos perfeccionamos con nuestras mismas caídas. Tan grande es la misericordia de Dios para con sus pobres hijos” (EE 14, n. 87).

Para meditar con San Eugenio

San Eugenio,

¡qué difícil ha sido esa “operación verdad”! Has tenido que aceptar tus errores, tus caídas, tus retrocesos. Te ha sido preciso consentir en dejarte ver tal como eres.

“Señor ¡qué sería de mí si no me atreviera a acercarme a vuestro corazón adorable para quemar ahí en el fuego de vuestro amor todo lo que todavía me separa de vos!” (EE 14, nº 28).

Por fin, aquella tarde de 1811, osas dejar caer uno a uno todos tus personajes. Era lo que Dios esperaba para levantarte, para hacer de ti un hombre nuevo, de pie. Descubriéndote tal como eres, tienes la audacia de decir:

“¿Debo desanimarme por eso? No por cierto, pues lo que no ha ocurrido en el pasado podrá muy bien realizarse en el porvenir. No es menos lo que espero de las bondades infinitas de mi Dios”(EE 14, nº95).

Para mí también ¡qué difícil resulta esa ‘operación verdad’! Tengo tanto miedo, cuando me pongo frente a la realidad de mi vida, de descubrirme pobre y desnudo.

Pero sé que esta verdad es indispensable. Sé bien que el amor verdadero no puede crecer en la mentira.

Entonces, si soy verdadero como tú, y solo con esa condición, sé que podré tener la experiencia conmovedora de un Dios que me ama tal como soy, gratuitamente y apasionadamente. Simplemente porque tengo precio a sus ojos.

San Eugenio, obténme ese valor de dejarme mirar por mi Dios. Tómame la mano. Arrástrame contigo en ese loco descubrimiento de la Pasión amorosa de Dios por mí, de ese Dios que dice a cada hombre y a cada mujer desde la creación del mundo:

“Me robaste el corazón,

hermana mía, novia,

me robaste el corazón” (Ct 4,9)

Día segundo

DESCUBRIR LA CRUZ DE CRISTO

La unión entre los hijos de los hombres y Jesucristo ha sido estipulada por la Cruz y en la Cruz. Ella es el lugar que nos enlaza con Él y que nos hace partícipes de sus méritos, como si hubiéramos muerto con Él (Pastoral de cuaresma, 1860).

Eugenio de Mazenod comprueba que está malogrando su vida. No ha conseguido formar una familia. Ha fracasado en la restauración de su fortuna. No sabe qué hacer de sus días. No tiene porvenir.

“Nada me divierte. Tengo una fuerte dosis de hastío por este país” (Carta, 9-3-04).

Justo en ese tormento de hastío y de desilusión era esperado. Sucede el viernes santo de 1807, en medio del oficio de la Pasión, en el momento en que la Cruz se presenta solemnemente a la veneración de los fieles. Nunca antes se había procurado un tiempo para mirarla con los ojos del corazón. Nunca había pensado que esa cruz le concernía a él, Eugenio, porque Aquel que allí está clavado, le espera allí tendiéndole los brazos.

Por vez primera se para ante aquel Hombre que allí muere de amor por los hombres, por cada hombre en particular, y en consecuencia también por él. Descubrimiento estremecedor de un Dios que con toda sencillez le dice: “Mírame bien en la Cruz. Si estoy aquí es por ti, porque te amo”:

“¿Puedo olvidar aquellas lágrimas amargas que la vista de la Cruz hizo brotar de mis ojos un Viernes Santo? ¡Ay! Salían del corazón y nada pudo detener su curso… Yo estaba en estado de pecado mortal y eso era precisamente lo que ocasionaba mi dolor. Con todo, jamás mi alma quedó más satisfecha, jamás sintió más felicidad. Y es que en medio de esas lágrimas, a pesar de mi dolor, o más bien a través de mi dolor, mi alma se lanzaba hacia su fin último, hacia Dios, su único bien. El solo recuerdo me llena el corazón de dulce satisfacción” (EE, 15, p. 69).

En el fondo de su desespero, experimenta una mano tendida. Dios se vuelve una Persona, Alguien que le ha amado primero, tal como es. Su pobreza moral y su desesperación quedan así iluminadas. Sus lágrimas de dolor se convierten en lágrimas de alegría.

“¿Quién es el que ha obrado este prodigio, objeto de mi perpetua sorpresa y de mi confusión? Es la infinita misericordia de mi Dios” (Ib. p. 70).

Entonces se define a sí mismo como un hombre que sale de la tumba. Realiza la experiencia de un nuevo nacimiento y su vida adquiere por fin sentido, el sentido que desde hacía tiempo buscaba pero que había sido incapaz de hallar porque lo buscaba fuera de Dios para mayor desgracia suya.

Para Eugenio de Mazenod la Cruz no tiene nada de morboso. Ella es, al contrario, el lugar de la revelación suprema de la misericordia de un Dios de ternura y compasión, de un Dios que no quiere la muerte del pecador sino su vida y su felicidad. Ella es el triunfo del amor:

“El Calvario es el lugar en que nuestro divino Salvador consuma su obra de Redención de los hombres” (EE 14, nº 59).

El conocimiento de Dios que Eugenio adquiere ese día no es cerebral. Es un impulso del corazón. Es una experiencia amorosa. Aquel a quien hasta entonces Eugenio llamaba el Todopoderoso o también el Creador, toma ahora un rostro humano, el del Crucificado, el de Alguien que le ha amado el primero, gratuitamente, simplemente porque es el Amor.

Experimenta a un Dios que no se ha sentido “asqueado” por su vida disoluta, que le ha buscado, incansablemente, “con anhelo ardiente, como si no pudiera ser feliz sin él”. Dios se arriesgó a mostrarse a su corazón, tal cual es, en toda la debilidad y la desnudez de la Cruz.

Ese viernes santo descubre, conmovido, que no hay dicha fuera de la Cruz, porque no hay dicha posible fuera del Amor. Dios que le ha amado hasta morir de amor, se vuelve entonces la única meta de su vida, su fin último. Eugenio a su vez se enamora de Aquel que dio la vida por él:

“Plegue a Dios que jamás yo me aparte de este estandarte de la Cruz, de donde fluyen la verdadera alegría y la verdadera felicidad” (EE, 15, p. 90).

Entonces su vida pasada, su pecado, se vuelve fuente de asombro. Encuentra los acentos de Pablo para cantar que solo el descubrimiento del pecado, solo la verdad realizada sobre sí mismo, puede llevar a descubrir la inmensidad del amor gratuito del Crucificado:

“Dos fuentes de lágrimas fluyen en paz y dulzura y mi alma está en un arrobamiento que no puede expresar… No hay más que amor en mi corazón… Si permanece aún el fondo de dolor de mis pecados que siempre me acompaña, es porque el amor le ha dado otro carácter…” (EE 14, n. 98).

Tocado en el corazón, Eugenio es bastante humilde para osar mendigar el amor, la ternura y la misericordia de su Señor:

“¡Oh mi Señor, oh mi Padre, oh mi Amor, haced que yo os ame! No pido más que eso, pues sé bien que todo está ahí. Dadme vuestro amor… Mi pasado está aún presente en mi pensamiento. Pero vos, mi Salvador, olvidadlo para recordar solo vuestras misericordias”(Ib. n.95).

Si hubiera que caracterizar con una expresión la espiritualidad de san Eugenio, tendríamos que hablar de su asombro permanente ante la Cruz. Nunca se habituará a ese exceso de amor del corazón de Dios manifestado en su Hijo Jesús.

“Cuanto más me alejaba de vos, más seguíais mis pasos. Erais el Padre tierno y cariñoso que no se cansa de sostener y abrazar a su hijo muy querido” (Ib.).

Asombro ante su vocación sacerdotal “prodigio inmenso e incomprensible misericordia, objeto de mi perpetua sorpresa y de mi confusión” (EE 15, p.70).

Asombro ante su vocación de Fundador de una Congregación de Misioneros “cuyo único signo distintivo es la imagen del Señor Crucificado” (Regla, 1818).

Asombro ante su vocación de predicador, cuya única misión será “predicar a Jesucristo, y a Jesucristo crucificado” (Regla 1826).

Asombro, por fin, en el atardecer de su vida, cuando viendo con serenidad acercarse la muerte, “su único pensamiento es confundirse en acción de gracias ante Dios” (Testamento).

Para meditar con san Eugenio

San Eugenio,

¡cómo querría también yo hacer la experiencia de tu “viernes santo”! Querría también yo dejarme entusiasmar, de una vez para siempre, por esa mirada amorosa de Cristo, dejarme arrastrar por ese torbellino de las miradas intercambiadas, de las manos extendidas y de la fidelidad más fuerte que la muerte.

Enséñame a detenerme ante la Cruz para salir de mis hábitos y de mis rutinas

Enséñame a encontrar en la Cruz el único sentido de mi vida porque en ella se cristaliza el amor, el amor esperado y el amor recibido, el amor dado y el amor devuelto.

Enséñame a mirar la Cruz como el espejo que me muestra mi verdadero rostro. No mi rostro de pobre hombre pecador e infiel. Sino mi rostro verdadero, aquel del que Dios se enamoró “cuando quiere que su corazón hable al mío”.

Enséñame a encontrar el sentido de cada día “poniéndolo todo al pie de la Cruz… y quedando luego tranquilo” (EE 14, n. 93).

Enséñame a entusiasmarme con la locura de la Cruz y a decir cada día: “Es inconcebible ser amado hasta ese punto” , y a decir como tú, siguiendo a san Pablo:

“Lo que es a mí, Dios me libre de gloriarme más que de la Cruz de nuestro Señor Jesucristo, en la cual el mundo quedó crucificado para mí y yo para el mundo” (Ga 6, 14).

Día tercero

DESCUBRIR LA AMISTAD DE CRISTO

Señor Jesús, vos no solo sois mi creador y mi redentor, como lo sois de todos los hombres, sino que además vos sois mi bienhechor particular, sois mi amigo. Sí, vos sois este amigo que me habéis brindado vuestra ternura de un modo totalmente especial. Mi amigo generoso que habéis olvidado todas mis ingratitudes para amarme con tanta fuerza como si yo os hubiera sido siempre fiel. Me habéis llevado en vuestros hombros. Me habéis reanimado sobre vuestro corazón. Habéis limpiado mis llagas (EE, 14, nº 95).

He ahí lo que llevó a Eugenio a tomar la decisión de dar su vida por Cristo. En octubre de 1808 toma la orientación que contraría a su familia y sorprende a sus amigos: entra en el seminario.

Pero la lucha está lejos de haber acabado. Uno no se desprende así como así de su pasado, bajo el efecto de una simple decisión, por radical que sea, sobre todo cuando uno cuenta con sus solas fuerzas.

Poco a poco, el pasado vuelve a salir a flote. Entonces, él se promete cambiar, mejorar. Toma múltiples resoluciones, se impone pesadas penitencias, días de ayuno y horas de oración. Pero cuanto más va añadiendo, más experiencia tiene de su incapacidad para amar como es amado. Por más que se empeñe por “cercenar en él lo que es nocivo y desarraigar lo que impide la acción de Dios”, siempre llega a la misma conclusión deprimente: no puede, con sus propias fuerzas, amar como es amado.

La solución llega por fin una tarde de diciembre de 1811, mientras medita la parábola del hijo pródigo (Lc 15, 11-24) Estaba tan acostumbrado a esta parábola, que se le había vuelto rutinaria. Ahora, por vez primera, descubre que aquella historia es su historia. Él es aquel pródigo que se alejó de la casa paterna. El es aquel joven extraviado, que empieza intentando justificarse ante su padre. Él es aquel hijo que ve los brazos de su padre plenamente abiertos para aco-gerlo. Él es aquel hijo menor que se convierte en mayor al recibir el anillo, los vestidos más hermosos y el primer puesto en el gran banquete ofrecido por el Padre. Incapaz de reparar el mal que ha hecho, el pródigo debe contentarse con acoger los abrazos de su padre. Ninguna otra cosa se le pide.

De la parábola del hijo pródigo, Eugenio de Mazenod corre a la de la oveja perdida y encontrada.(Lc 15, 4-7; Jn 10, 10-16). Es la misma cosa, la misma historia de una amistad brindada sin contrapartida alguna. Entonces puede exclamar:

“Vos no solo sois mi Creador y mi Redentor, sino también mi Bienhechor. Sois mi Amigo generoso que habéis olvidado todas mis ingratitudes para ayudarme tan poderosamente como si yo os hubiera sido siempre fiel. Me habéis llevado sobre los hombros. Me habéis refocilado sobre vuestro corazón. Habéis limpiado mis llagas”(EE 14, nº 95).

Se ha franqueado el escollo. Eugenio reconoce que todo viene de Dios, gratuitamente, sin ningún mérito de parte del hombre. Por vez primera, se atreve a emplear con relación a Cristo la palabra Amigo. En adelante puede vivir bajo la mirada de un amigo, un amigo atento y solícito, un amigo siempre a su lado, un amigo tierno aunque también exigente, un amigo al que profesa una confianza sin límites.

En Jesucristo acaba de hallar al amigo por el que suspiraba: entra entonces en unas relaciones cada vez más íntimas con Él.

Eugenio de Mazenod estará siempre en una intimidad profunda, de cada instante, con Cristo. El Dios abstracto y lejano ha pasado a ser una Persona, un Ser amante y amado, eje de su vida, corazón de su corazón. Por eso puede escribir el día de su ordenación:

“El pensamiento que me es más familiar y en el que me pierdo es éste: así es como Jesucristo se venga de todas mis ingratitudes: me hace su amigo, hace tanto por mí que, siendo Dios como es, no puede hacer más” (EE 14, nº 98).

En adelante, estima que cualquier otra forma de mirar a Cristo es una pérdida de tiempo. Cuando un predicador le invita a meditar sobre el infierno, se niega a ello con la mayor energía:

“¿Por qué emplear en la compañía de los demonios el poco tiempo que me queda para conversar con mi Maestro? De su amor es de lo que quiero proveerme. Ya no comprendo el lenguaje del terror. Solo su amor actúa poderosamente en mí… Es el amor, y solo el amor, el que debe hacer todos los gastos” (EE, 14, nº 95).

Prefiere esa presencia silenciosa al lado del Amigo a cualquier otro ejercicio de piedad. En las alegrías como en las penas, “corre a refugiarse a sus pies”. Justamente en el silencio de la contemplación y de la escucha recíproca, es donde hace el balance de cada una de sus jornadas. En medio de sus múltiples actividades salvaguarda siempre el tiempo para ese coloquio cordial. Así, tras una noche de adoración, escribe: “¡Qué hermosa noche hemos pasado allí junto a ese buen Maestro, junto a ese adorable Amigo!”.

En el acto conmovedor de Cristo lavando los pies a los apóstoles es donde ve el signo más expresivo de la amistad del Señor para con los hombres. Jamás pudo pensar en ese acto sin sentirse presa de intensa emoción: es Cristo quien se arrodilla ante él, pobre hombre sin importancia, le lava los pies y le declara: ”Ya no te llamo servidor, te llamo amigo”.

“Al lavar los pies a sus discípulos, Cristo quiso que la unión entre el creador y la criatura fuera la más perfecta que se pueda concebir” (Pastoral de cuaresma de 1859).

En adelante, toda su vida está marcada por la alegría de la presencia del Amigo. Aun cuando se calla, aun cuando se muestra tan discreto que se le podría creer ausente, el Amigo siempre está ahí y san Eugenio siente ante él “dulces emociones”, “consolaciones”, “felicidad”, “encanto”, como “un fuego que caldea y consume el corazón hasta la raíz”:

“Esta mañana, antes de la comunión, me atreví a hablar a este buen Maestro con el mismo abandono con que lo habría podido hacer si hubiera vivido cuando él pasó por la tierra y me hubiera hallado en las mismas dificultades que hoy… Le he expuesto nuestras necesidades, le he pedido sus luces y su asistencia y luego me abandoné enteramente en él, sin querer absolutamente nada más que su santa voluntad… Estaba bien, me sentía feliz, amaba y agradecía” (E.O., 7, p. 216).

Para meditar con san Eugenio

San Eugenio,

Como a ti, me sucede que quiero llegar por mi cuenta. Cada vez que me confieso, hago el firme propósito de no volver a pecar. Cada vez que hago un retiro, me comprometo a mejorar sobre este o aquel punto. Y todo vuelve a caer.

Ya que tú has conocido esas mismas dificultades y esos mismos fracasos, ya que te hicieron falta tantos años hasta que llegaste a osar llamar a Cristo simplemente “tu Amigo”, sé mi guía en este camino de desprendimiento de mi voluntad propia.

Heme aquí a los pies del Señor: muéstrame el camino que me haga pasar de un mundo de méritos y de recompensa al mundo de la gratuidad.

“Cristo es ese Dios de misericordia que no vino entre nosotros más que para llamar a los pecadores. A ellos justamente se dirigen sus palabras más dulces. Corre en pos de ellos, los estrecha contra su corazón. Los lleva sobre sus hombros” (EE 14, nº 28).

Entonces, yo a mi vez podré escuchar en el fondo de mi corazón la voz que susurra:

.

“Quiero que mi alegría esté en ti y que tu alegría sea perfecta…

Ya no te llamo siervo, porque el siervo ignora lo que hace su amo.

Te llamo mi amigo…

No eres tú quien me ha elegido, soy yo el que te he elegido…”

(cf. Jn 15, 11-16).

Día cuarto

OPTAR POR LA GLORIA DE DIOS

¡Qué ocupación más gloriosa que obrar en todo y por todo únicamente por Dios, amarle sobre todas las cosas y amarle tanto más cuanto más he tardado en amarle! Es comenzar ya en la tierra la vida dichosa del cielo (EE, 15, p. 69).

Ordenado sacerdote el 21 de diciembre de 1811, Eugenio de Mazenod vuelve a su diócesis de Aix en octubre de 1812. Una cuestión se le plantea entonces: ¿Hacia qué tipo de ministerio orientarse? Su sola certeza es que, de cualquier forma que sea, la única ocupación de su vida será la gloria de Dios:

“Dios mío, me habéis dado la inteligencia, la voluntad, la memoria, un corazón, ojos, manos, todos los sentidos de mi cuerpo y todas las facultades de mi alma. Me habéis dado todas esas cosas para vos, para emplearlas por vuestra gloria, por vuestra única gloria. Dios mío, así va a ser en adelante y para toda la vida. Vos seréis el único objeto al que tiendan todos mis afectos y todas mis acciones. Agradaros, obrar por vuestra gloria será mi ocupación cotidiana. Solo quiero vivir para vos, solo quiero amaros a vos y a todo lo demás en vos y por vos”(EE 14, nº 95).

¡La gloria del Padre! La expresión va a reaparecer en sus escritos casi en cada página. Pero ¿qué es lo que quiere significar? Para entenderla, contemplemos a Jesucristo, apasionado por su Padre, del todo orientado hacia su Padre, venido al mundo para realizar la voluntad de su Padre y cumplirla cabalmente en el acto de la Cruz: “Padre, glorifica a tu Hijo para que tu Hijo de glorifique” (Jn 17, 1).

Eugenio, dejándose amar por Cristo y tratando de amarlo con todo su ser, entra con toda naturalidad en los sentimientos de Cristo Jesús. Apasionado por el Señor, quiere imitar a Aquel que se ha hecho su Amigo y su Modelo:

No habiendo imitado a mi Modelo en su inocencia ¿se me rehusará imitarlo en su dedicación a la gloria de su Padre?” (EE 14, nº 48).

Toda la espiritualidad de san Eugenio consiste, pues, en entrar en esa actitud del Hijo que cumple la voluntad del Padre, en hacerla suya, en realizarla en su propia vida y en sacar de ella fuerza y energía en todas las circunstancias.

En 1813 “porque busca únicamente la gloria del nombre de Dios” crea una obra clandestina para orientar a los jóvenes, a los jóvenes “educados a no reconocer más Dios que Napoleón”.

En 1815 invita a su primer compañero, el abate Tempier, a seguirle en la aventura de las misiones parroquiales, rogándole que se ponga “al pie de su crucifijo, con la disposición de escuchar solo a Dios y lo que el interés de su gloria exige a un sacerdote como él”.

En 1816 crea lo que un día será la Congregación de los Misioneros Oblatos de María Inmaculada, “porque la vista de los desórdenes causados por la descristianización de los pueblos ha conmovido el corazón de algunos sacerdotes celosos de la gloria de Dios”.

En 1825 va a solicitar la aprobación de Roma para su tan joven Congregación “para hacer todo el bien que de él depende, pero para hacerlo únicamente por la gloria de Dios”.

En 1826, cuando el Papa reconoce a los Oblatos, saca la conclusión de “que él debe trabajar con un ardor y un celo todavía más absolutos por procurar a Dios toda la gloria que de él depende”.

En 1841 lanza a su Congregación a la aventura de las misiones fuera de Francia y envía seis oblatos al Canadá “porque no quiere otra cosa que lo que concierne a la gloria de Dios”.

Y podríamos continuar la enumeración hasta su lecho de muerte.

Orientando ya toda su vida espiritual y sus actividades, esta búsqueda de la voluntad de Dios por parte de Eugenio se desarrolla en cuatro direcciones.

Primero, quiere ser imitador de Jesucristo: “Miro al Modelo que debo imitar, al ejemplo viviente que debo seguir”. Ahora bien, el ser mismo de Cristo es el cumplimiento de la voluntad del Padre y la realización de su gloria: “el que busca la gloria del que le ha enviado, ése es veraz” (Jn 7, 18). El cumplimiento de la vida de Eugenio, imitando al Señor, solo podrá ser la búsqueda apasionada de esa voluntad del Padre y su cumplimiento en todo, siempre y dondequiera.

En segundo lugar, él es un hombre, un sacerdote y un obispo totalmente libre. Como Cristo es libre respecto a todos porque su única ley es la voluntad del Padre, Eugenio de Mazenod deja caer las cadenas de los principios de su casta o los de las prácticas moralizantes de la Iglesia jansenista de su tiempo. Es bastante libre para predicar en provenzal, bastante libre para manifestar su independencia de cara a los diferentes poderes políticos, bastante libre para no dejarse guiar más que por el amor, pues “nuestro único deber, lo esencial de nuestra vida, es agradar a Dios”.

En tercer lugar, irradia una profunda paz interior. Jesús experimenta en su corazón de hombre el horror del abandono de la Cruz: “Ahora mi alma está turbada, y ¿qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto! Padre, glorifica tu Nombre” (Jn 12, 27s). Entonces, con el corazón en paz, Jesús puede proclamar la certeza de la victoria: “levantado de la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12, 32). Las pruebas no faltaron en la vida de Eugenio y su corazón sensible sufrió siempre enormemente en ellas. Pero nunca quedó turbada su paz interior, y en lo más fuerte de una de sus noches exclama:

La única compensación a mis penas es ver que Dios es glorificado. Con tal que Dios sea ensalzado ¿qué me importa verme humillado, despreciado, abandonado casi por todos?” (EE 15, p. 185).

Finalmente, en esta búsqueda de la gloria del Padre, es donde se enraíza el celo apostólico de Eugenio de Mazenod. También aquí, no hace más que imitar a Jesucristo, venido al mundo para hacer, no su voluntad, sino la del que lo ha enviado. Y la voluntad del que lo ha enviado es que no pierda a ninguno de los que el Padre le ha dado (cf. Jn 6, 38s). Siguiendo a Cristo, Eugenio ha enlazado siempre la gloria de Dios con la salvación de los hombres.

Por propensión natural, habría preferido vivir su amistad con Cristo en una intimidad espiritual bien cálida, encerrado en su capullo, al abrigo de las contingencia de este mundo:

“Suspiro por la soledad, y las órdenes religiosas que solo se ocupan de los demás por medio de la oración, me ofrecen algún atractivo” (EE 15, p. 63).

Pero su pasión por la gloria de Dios le empuja a salir de sí mismo “a fin de que el nombre del Padre sea conocido y santificado”, a fin de que él “sea adorado de un extremo al otro de la tierra”.

“Hago lo que debo. Dios hará lo demás. Vivimos solo para él. Solo buscamos la gloria de su santo nombre y la salvación de las almas que él rescató. Cuando hemos empleado todos los medios que estaban a nuestro alcance, debemos quedar en paz y no inquietarnos por nada” (E.O. 7, Cartas p. 95).

Para meditar con san Eugenio

San Eugenio,

cada día rezo: “Padre nuestro…santificado sea tu Nombre…”

¡Si pudiera imitar a Jesús hasta el punto de que su pasión por el Padre fuera la mía, hasta el punto de que mi único deseo fuera la gloria del Padre y la realización de su voluntad!

¡Si pudiera tomar en serio mis ganas de conseguir mi vida, de realizarme! Entonces, bajo tu guía, san Eugenio, anhelando la gloria del Padre, me haría hijo con el Hijo, y dejaría todo el espacio al Espíritu que murmura dentro de mí “Abba, papá”.

¡Si pudiera, en fin, osar inmensamente para mí mismo, osar lo que Dios sueña para mí, osar experimentar la paternidad de Dios!

“Padre nuestro del cielo,

proclámese que tú eres santo,

llegue tu reinado,

realícese tu designio en la tierra como en el cielo”

(Mt 6, 9s, Nueva Biblia Española)

Día quinto

OPTAR POR EL HOMBRE

Habrá durante la cuaresma numerosas instrucciones para los ricos, para quienes han recibido una educación. ¿No las habrá para los pobres y los ignorantes? Los pobres son la porción preciosa de la familia cristiana. No pueden quedar abandonados en su ignorancia…

¿Qué es de vosotros, pobres, indigentes, obligados por la injusticia de los hombres a mendigar el pan que necesitáis para mantener vuestra existencia? El mundo os mira como el desecho de la sociedad…

Pero, pobres de Jesucristo, vosotros todos a quienes la miseria abruma, mis hermanos, mis queridos hermanos, mis respetables hermanos, escuchadme: vosotros sois los hijos de Dios, los hermanos de Jesucristo, los herederos de su reino eterno, sois la porción escogida de su heredad (EE 15, p. 30-32).

El 3 de marzo de 1813, miércoles de ceniza, la buena sociedad de Aix está en ebullición: el abate de Mazenod, hijo de un Presidente del Tribunal de Cuentas , acaba de hablar en provenzal, la lengua del pueblo, para los empleados domésticos, los jornaleros agrícolas y los indigentes de toda calaña. Y ¡qué sermón! Hasta llegó a decirles:

“¿Qué sois según el mundo? Una clase de esclavos de quienes os pagan, expuestos al desprecio, a la injusticia y a menudo incluso a los malos tratos de unos amos que creen comprar el derecho a ser injustos con vosotros por el mísero salario que os dan” (Ib. p. 33).

Por otra parte, no es su primera tentativa. Ha manifestado su libertad frente a las conveniencias, acompañando hasta la guillotina a una mujerzuela, una tal Germana, declarando que ella era “un objeto de admiración, ya que el Señor había derramado su sangre también por ella”. Se puso a reunir jóvenes que rodaban por las calles, dejados a ellos mismos, “para tratar de preservarles de las desgracias que los amenazan”.

¿Habría perdido la cabeza? No, sino que va hasta el extremo del descubrimiento que lo sacudió el viernes santo de 1807, cuando fue iluminado por el amor de Dios para el Hombre. Al escoger a Dios como único centro de su vida, escogió también al hombre a quien el Padre hizo a su imagen y semejanza, al hombre por quien el Hijo dio su vida en la Cruz, al hombre llamado a ser templo del Espíritu.

“Soy llamado por mi vocación a ser el servidor y el sacerdote de los hombres, especialmente de los pobres, a cuyo servicio desearía dedicar mi vida entera” (EE 15, p. 34).

Su primera tentación de recluirse en el intimismo espiritual queda barrida por el encuentro con aquellos a los que nadie mira, con los que no cuentan a los ojos del mundo, con los más abandonados. Su docilidad a la voluntad del Padre le empuja a “asumir la misión del Predilecto”, a seguir sus huellas para ser “cooperador del Salvador y corredentor del género humano”. Entonces puede encajar en su deseo ardiente de la gloria del Padre el no menos ardiente de la salvación de los hombres. En su vida ambos deseos no son más que uno.

“Debo ante todo convencerme bien de que hago la voluntad de Dios al entregarme al servicio del prójimo… Y luego, obrar lo mejor que pueda, sin inquietarme por si, al trabajar así, no puedo hacer otras cosas que quizá me atraerían más y me parecerían más útiles para mi propia santificación. Si, en el momento en que mi atractivo me llevara a contemplar las misericordias de Jesucristo en el Santísimo Sacramento, se me llama para cumplir un deber de caridad, debo dejar sin quejas y sin pesar a Nuestro Señor para cumplir ese deber que su voluntad me impone” (EE 15, p. 111).

Esta opción por el hombre es ante todo una opción por el hombre creado a imagen de Dios. No se trata de hacer obras de caridad sino de revelar el hombre al mismo hombre, mostrándole quién es para Dios:

“Comenzaremos por enseñaros lo que sois, cuál es vuestro noble origen, cuáles son los derechos que os otorga, y cuáles son también las obligaciones que os impone…

El hombre es la criatura de Dios, y vosotros sois los hijos de Dios, los hermanos de Jesucristo… Sois reyes, sois sacerdotes, sois en cierta manera dioses.. Hay dentro de vosotros un alma inmortal, hecha a imagen de Dios que está destinada a poseerlo un día, un alma rescatada al precio de la sangre de Jesucristo…Conoced vuestra dignidad, asociados a la naturaleza divina… Solo Dios es digno de vuestra alma. Solo Dios puede satisfacer a vuestro corazón” (EE 15, p. 31s).

Habiendo descubierto en sí mismo lo precioso que es a los ojos de Dios, Eugenio arde en deseos de revelar a cada hombre su eminente dignidad. Así, en adelante, avanzará, atento a la vida de los hombres.

Es el encuentro con los empleados domésticos lo que saca a este noble de alta alcurnia de su ritmo monástico para lanzarlo a ese sermón de la Magdalena, tan escandaloso a los ojos del mundo.

Es el encuentro con la miseria de los aldeanos y obreros del campo lo que hace salir a este hombre de ciudad de las murallas de la urbe para lanzarlo por los caminos de Provenza.

Es el encuentro con los condenados a muerte, despreciados por todos, lo que empuja a este hijo de jurista a atropellar la moral ambien-tal para hallar en los más criminales el destello de la divinidad.

Porque son hijos de Dios, hará sentarse en sitios de honor, en el centro de la catedral de Aix, ante los canónigos escandalizados, a una banda de adolescentes poco tratables, el día de su confirmación.

Porque son hijas de Dios, las pescaderas del Viejo Puerto serán recibidas inmediatamente en su despacho del obispado de Marsella, mientras que el alcalde hará antesala.

Porque los enfermos atraen la solicitud total de Dios, dejará un almuerzo oficial ofrecido en su honor para llevar los últimos sacra-mentos a una vieja borracha en el barrio de peor fama de Marsella.

Porque los apestados en cuarentena son preciosos para Dios, acosa a la administración hasta obtener la autorización para ir a atenderlos.

“Haré todos los esfuerzos para ser indiferente a mi salud o a mi enfermedad, a la buena o a la mala fama, a la riqueza o a la pobreza, a los honores o a los oprobios, deseando y queriendo solo lo que la gloria de Dios y la salvación de las almas puedan exigir de mí” (EE 14, nº 95).

En fidelidad a esta pasión de san Eugenio por Dios y por el hombre, los Oblatos expresan hoy en sus Constituciones la opción única que hacen de la gloria de Dios y de la salvación de las almas: “A través de la mirada del Salvador crucificado, vemos el mundo rescatado por su sangre, con el deseo de que los hombres en quienes continúa su pasión, conozcan también la fuerza de su resurrección” (C 4, de 1982).

Para meditar con san Eugenio

San Eugenio,

es comprometedor entrar en esa opción incondicional por el Hombre, pues es entrar en el amor del otro. No estaré nunca en paz con el amor. No llegaré nunca al límite del amor. No sabré nunca hasta dónde esto me va a llevar.

“Si alguno dice: ‘Amo a Dios’, y aborrece a su hermano, es un mentiroso” ( 1 Jn 4, 20).

Es comprometedor entrar en esa opción incondicional por el Hombre. Pues eso quiere decir que no debo inquietarme del qué dirán, ni encerrar al otro en ideas preconcebidas, sino mirarlo siempre con la mirada de Cristo.

“Si alguno dice: ‘Amo a Dios’, y aborrece a su hermano, es un mentiroso” (1 Jn 4, 20).

Es comprometedor entrar en esa opción incondicional por el Hombre. Pues hay hombres que me dan ganas de desesperar por lo irrecuperables que me parecen.

“Si alguno dice: ’Amo a Dios’, y aborrece a su hermano, es un mentiroso” (1 Jn 4, 20).

Día sexto

OPTAR POR LA IGLESIA

¿Cómo sería posible separar nuestro amor a Jesucristo del que debemos a su Iglesia? Estos dos amores se confunden: amar a la Iglesia es amar a Jesucristo, y recíprocamente. Se ama a Jesucristo en la Iglesia porque ella es su esposa sin mancha ni arruga, que ha salido de su costado abierto en la Cruz (carta pastoral para la Cuaresma 1860).

Actuando como actúa, libre con relación a las instituciones y a los principios, Eugenio de Mazenod irrita al arzobispo y a los párrocos de Aix. ¿Qué hace ese francotirador que pretende darles lecciones de pastoral? ¿No está construyendo su palenque bien personal, fuera de la Iglesia? Las denuncias se van acumulando, y la más grave es la de rehusar servir a la Iglesia.

Ante esas calumnias, él queda sereno. La Iglesia está en el corazón de su ministerio y, si se ha hecho sacerdote, ha sido ante todo para ponerse humildemente al servicio de la Iglesia:

“Veía a la Iglesia amenazada de la más cruel persecución… Entré pues en el seminario con el deseo, mejor dicho, con la voluntad bien decidida de consagrarme del modo más absoluto al servicio de la Iglesia” (Diario, 1846).

Ordenado sacerdote para responder “al llamamiento del divino Maestro que lo llamaba a servir a su Iglesia en un tiempo en el que ella es abandonada por todos”, acepta lo que la Iglesia le pide. En 1823 acepta ser vicario general de Marsella “porque no conviene que un hijo desobedezca a su madre”. Es ordenado obispo en 1832, aceptándolo únicamente “para participar en la solicitud por las Iglesias y para contribuir mejor todavía a hacer que vuelvan a la Iglesia sus hijos dispersados”. En 1837 se hace cargo de la sede de Marsella “porque la Iglesia le pide encariñarse con ese pueblo como un padre con sus hijos”.

Apasionado por la gloria de Dios y apasionado por el Hombre, Eugenio de Mazenod es también un apasionado por la Iglesia, y su divisa es: “Todo por la gloria de Dios, el servicio de la Iglesia y la salvación de las almas”.

Ama apasionadamente a la Iglesia como ama apasionadamente a Cristo, pues ella es “la Esposa lavada y purificada en la sangre de la Cruz”, el primer fruto de la pasión amorosa de Dios por el Hombre. La ama tal como ella es, con sus límites y sus defectos. Siente sus lentitudes, su rutina y sus miedos. Pero la ama porque nació del costado traspasado de Cristo y por tanto porque es su Madre.

Como la ama apasionadamente, querría verla más hermosa, más resplandeciente, cada vez más dinámica y más activa, cada vez más atenta a anunciar a Cristo a los hombres, yendo siempre más allá de sus fronteras. No puede tomar parte en sus adormecimientos, en sus lentitudes o en sus tibiezas:

“La salvación de las almas, es la vocación especial de la Iglesia. Es la obra a la que debemos tender con todos nuestros esfuerzos; los accidentes que Dios permite no deben detener la acción sobrenatural de su marcha; solo debemos retroceder ante lo que es pecado. Todo lo demás debe ser superado, rebasado, a causa de la excelencia de su fin” (EE 15, p. 189).

Porque ama apasionadamente a la Iglesia, queda consternado al descubrirla en ruinas a raíz de la Revolución y el Imperio. Arde en deseos de levantarla para que pueda presentarse “hermosa y sin mancha ante su Esposo”.

Porque ama apasionadamente a la Iglesia, sufre al ver desertar a muchos cristianos y quiere consagrar su vida a volverlos al redil del único Pastor:

“La Iglesia, preciada herencia que el Salvador adquirió a costa de su sangre, ha sido en nuestros días atrozmente devastada. En esta lamentable situación, la Iglesia llama en su ayuda a los ministros a quienes confió los más preciados intereses de su divino Esposo” (Regla, 1818).

El amor a Cristo y a la Iglesia forman la savia de la vida de san Eugenio. Desde el principio se dio en él esta transfusión completa entre esos dos amores. Cuando aumenta su amor a Cristo, aumenta también su amor a la Iglesia, y viceversa.

La Iglesia es ante todo el lugar único de aquella unión a Cristo en la que Eugenio ve el fin último de su vida. Por eso le parece tan importante implantarla de un confín al otro de la tierra, no por espíritu de triunfalismo, sino simplemente para que todo hombre pueda tener acceso a Cristo:

“Todos los que hemos sido bautizados en un mismo espíritu, no estamos unidos con él, más que porque somos miembros de la Iglesia” (Pastoral de Cuaresma de 1846).

La Iglesia es también para él el cuerpo místico de Cristo, y desde su ingreso en el seminario exulta de gozo al considerarse “un miembro de esa gran familia de la que Dios mismo es la cabeza”. Todo cristiano es miembro de ese cuerpo, es decir, cada uno vive de la misma vida de Cristo, siendo todos iguales en dignidad y en deber, y manteniendo cada uno su puesto en el conjunto:

“Somos todos miembros de un mismo cuerpo, la Iglesia; que cada uno concurra con todos sus esfuerzos, y con sacrificios si es preciso, al bienestar de ese cuerpo y al desarrollo de todas sus facultades” (EO, 1, p. 17).

A un oblato quedado en Francia que patalea de impaciencia ante las “hazañas” realizadas por los misioneros en el extranjero, le recuerda esa unión entre todos los operarios:

“Alegrémonos, pues, mutuamente de todo el bien que se realiza por los otros en la Iglesia. Todo está ahí; somos solidarios. Cada uno trabaja por todos, y todos por cada uno” (EO, I, p. 242).

La Iglesia es, finalmente, el lugar donde se realiza ya la perfecta comunión de los hombres entre sí. Por y en la Iglesia encuentra su realización el mandamiento del amor que Cristo dejó a sus discípulos. En la Iglesia llevamos los unos a los otros, sufrimos los unos con los otros, nos alegramos los unos con los otros, pues “en la Iglesia todos debemos amarnos como hijos del mismo Padre y no debe darse excepción alguna de personas ni de naciones”.

Por último, la Iglesia es para san Eugenio “la Madre de todos los cristianos” Su misión es “velar por ellos con incesante solicitud desde la cuna hasta el sepulcro”.

Para pintarla, emplea términos de increíble ternura: “Ella levanta a sus hijos cuando caen”, “los consuela en sus aflicciones”, “los fortalece cuando son débiles”, “los ilumina en sus dudas”. Sobre todo: “Ella los hace partícipes de todas las riquezas espirituales de las que el Esposo divino le confió la custodia y la dispensación” (Pastoral de cuaresma, 1844).

“Cristo ha desposado nuestra causa, hasta identificarse con nosotros. Así es el Esposo de la Iglesia y la Iglesia misma es su Cuerpo místico” (Pastoral de cuaresma, 1846).

Para meditar con san Eugenio

San Eugenio,

me impresionas por tu modo de amar apasionadamente a la Iglesia y de querer hacer que la amen.

Me impresionas cuando, en vez de desertar de ella, te comprometes a fondo con ella y trabajas por despertarla.

Me impresionas cuando le recuerdas que nunca debe olvidar a los más pobres y abandonados.

Me impresionas cuando la amas a pesar de los golpes que recibes, cuando llegan las desilusiones.

Me impresionas cuando me revelas que yo también tengo un puesto que ocupar en ella.

Me impresionas cuando la reconoces con toda sencillez como Madre, y eso te basta para amarla.

Entonces, san Eugenio, enséñame a amar a la Iglesia como tú la has amado. Enséñame a servirla como tú la has servido, por la sola gloria de Dios y por la felicidad de los hombres.

“El Dios de nuestro Señor Jesucristo lo sometió todo bajo sus pies. Y le constituyó Cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo, la Plenitud del que lo llena todo en todo”. (Ef 1 22-23).

Día séptimo

ARRIESGARSE A LA SANTIDAD

Conoced vuestra dignidad… En nombre de Dios, sed santos

(Cartas, 7, p. 34).

Esta corta frase, incisiva, se repite como un estribillo en los escritos de san Eugenio de Mazenod. Resuena como una interpelación provocadora en una Iglesia marcada por el jansenimso, donde el hombre se considera ante todo como pecador, indigno, incapaz de atreverse a levantar los ojos hacia Aquél que es el Solo Santo.

Esta invitación apremiante a la santidad, se la dirige ante todo a sí mismo. Para hacerse santo decide “habitar entre los santos” entrando en el seminario.

La dirige a los que llama a compartir con él la vida religiosa: “Deben trabajar seriamente por ser santos… y con el empeño constante de alcanzar la perfección” (Regla de 1818).

La dirige a todos los bautizados y la fija como objetivo último de la evangelización: “[Nuestra misión] es volver a los hombres razonables, luego cristianos, y finalmente ayudarles a hacerse santos”(Ib. ).

La dirige incluso a los pecadores más empedernidos, a los peores criminales, dando siempre y a todos esta única consigna: “¡Haced de ellos santos!”

Pero ¿qué es esa santidad de la que nos habla, de la que nosotros fácilmente nos descargamos sin gran pena respondiendo que ella no puede dirigirse más que a ciertos personajes excepcionales y que no está hecha para nosotros?

La santidad no es un estado. Al contrario, es un camino, una marcha, una dinámica. Los santos no son solo aquellos que ya han llegado, sino también todos los que aceptan ponerse en camino. Por eso la vista de nuestro pecado no debe desalentarnos, sino que debe dinamizar nuestro deseo de santidad:

“No desanimarse cuando uno ha caído en alguna falta, sino reconocerlo al punto, sin pesadumbre, y recurrir a Dios, y luego recobrar la paz del alma, y hacer lo mismo cada vez que se cae, aunque fuera cien veces al día” (EE, 14, n. 39).

Para Eugenio de Mazenod, la llamada a ser santo está en el cruce del encuentro de dos voluntades, la de Dios y la del hombre. Primero, la voluntad de Dios que desea hacer participar al hombre en su propia y única santidad. Luego, la voluntad del hombre que se adhiere a ese plan divino y lo hace suyo. Es Dios quien toma la iniciativa de venir a buscar al hombre, de llamar a su puerta, de invitarlo a su seguimiento. La santidad en la que quiere introducirlo no es un estado de “no pecado” sino una dinámica relacional de amor.

“En materia de santidad, nunca hay que decir::basta” (acta de visita de Billens, 26-8-1831).

El joven conde de Mazenod , apasionado por su propia persona y por sus éxitos financieros y amorosos, hace el descubrimiento de que está llamado a la santidad porque Dios lo mira con amor.

Para él, hacerse santo es la consecuencia lógica del seguimiento y la imitación de Jesucristo. Se coloca ante su Señor como un pintor que quiere copiar un modelo. Cristo es “el amable modelo al que debe y quiere conformarse para llegar a ser un santo”.

Cuando Eugenio deja de ambicionar para sí mismo según sus propios deseos, cuando cesa de construir su vida según sus propios criterios de éxito, y cuando al fin quiere lo que Dios quiere, cuando hace suyo el proyecto de éxito que Dios tiene sobre él, entonces empieza ya a ser santo.

Hacerse santo es atreverse a querer para sí mismo lo que Dios quiere, es entrar con audacia en el deseo de santidad que Dios tiene para cada uno de nosotros. El hombre es en verdad grande a los ojos de Dios y se rebaja cada vez que rehúsa alzarse a la altura a la que es llamado.

Así una de las grandes novedades aportadas por san Eugenio a la espiritualidad del siglo XIX es la de querer para todos esa santidad y decir a cada uno que está invitado a ella.

Llama a ella a cada uno de sus hijos, los misioneros oblatos, con palabras fulgurantes: “¡Arded en deseos de haceros santos!”.

Llama a ella a su hermana Ninette, escribiéndole que el matri-monio es un camino de santidad lo mismo que la vida religiosa:

“Debemos hacernos santos en cualquier estado en que estemos… pues una casada está llamada a ello como una soltera o una religiosa” (EE, 14, nº 51).

Llama a ella a los desechados de Aix, y los entusiasma revelándoles que “solo Dios es digno de ellos”.

Este llamamiento a la santidad pasa a ser el principio unificador de su vida. Su primera preocupación no es ni la predicación, ni la oración, ni el silencio, ni las obras de caridad, sino la imitación de Jesucristo a través de cada uno de los actos cotidianos, cualesquiera que sean, a fin de ser santo como El solo es santo.

Esta búsqueda de la santidad no lo separa del mundo, sino que al contrario lo remite a él. Emprende su marcha hacia la santidad muy simplemente en aquello que es llamado a vivir, allí donde se halla y en las situaciones y personas que encuentra. Se trata de acercarse a los hombres como Cristo se acercaba a ellos, de volverse hacia el Padre como Cristo se volvía hacia él, y de acoger los acontecimientos como Cristo los acogía:

“No se deje nunca abatir por las contrariedades y las penas inseparables de nuestra existencia, sea cual sea la situación en que estemos. La sabiduría está en sacar partido de todo para nuestra propia santificación” (EO, 2, p. 243).

Pero uno no es santo independientemente de los otros. Solo unidos, enlazados por un amor recíproco, es como los cristianos pueden llegar a serlo. Ser santo significa vivir en plenitud de Cristo y dejarse transformar por el Espíritu que él nos transmite:

“Estemos unidos en el amor de Jesucristo. En la búsqueda común de la santidad, amémonos siempre… y no seamos más que uno” (O, 6, p. 95).

No podemos ser santos más que siéndolo los unos con los otros y animándonos los unos a los otros en esta aventura prodigiosa.

Al encargarse de la diócesis de Marsella, Eugenio empieza diciendo que querría ser un buen obispo Y luego precisa lo que es ser un buen obispo.“Querría, en una palabra, al trabajar eficazmente en la santificación de mis fieles, santificarme yo mismo con un grado eminente de perfección” (EE 15, p. 196).

Uno no se hace santo para sí mismo, para su satisfacción personal o para tener su puesto en el paraíso. Uno se hace santo con los otros y para los otros. Uno se hace santo haciendo avanzar el proyecto amoroso de Dios por el mundo.

“Sed santos, y entonces construiréis la Iglesia” (EO 12, p. 182).

Para meditar con san Eugenio

San Eugenio,

no quisiera faltar al respeto debido a aquellos que la Iglesia ha canonizado, pero se me ocurre pensar que estás completamente loco.

Estás loco cuando, después de la vida que has llevado, pretendes estar llamado a ser un santo. Pero es la locura de Jesús cuando dijo a Zaqueo el ladrón: “Baja pronto porque hoy quiero comer en tu casa” (Lc 19, 5).

Estás loco cuando abrazas a los condenados a muerte porque están “predestinados a la santidad”. Pero es la locura de Jesús cuando dice al bandido crucificado con él :” Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43).

Estás loco cuando llamas a la santidad a los jóvenes poco recomen-dables que vagan por las calles de Aix. Pero es la locura de Jesús que elige como apóstoles a algunos hombres no muy recomendables.

Estás loco, pero con la misma locura de Dios, y yo quisiera que en mi vida hubiera una chispa de tu locura.

Quisiera un poquito de esa locura para descubrir que también los otros están llamados a esa santidad, para podérsela revelar a ellos cuando dudan de sí mismos.

Con una chispa de esa locura, yo podría comprender

“con todos los santos, cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad, y conocería el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, y podría adentrarme en la Plenitud de Dios” (cf. Ef 3, 18-19).

.Día octavo

ARRIESGARSE A SALIR DE LA RUTINA

Todo se hace por rutina. Lo importante es no innovar nada, es decir que hay que hacer tan poco y tan mal como los que han precedido. Basta la calmosa marcha ordinaria… Pero hay que ir adelante. Es una necesidad que Dios me impone. Tengamos ánimo y contemos con su gracia. Para esto hace falta ante todo trabajar seriamente por ser santo (EE, 15, p. 195).

Tras su ordenación, Eugenio de Mazenod se elaboró un programa cotidiano en el que nada quedó sin prever. Sus jornadas están planificadas detalladamente y sus encuentros con las personas quedan reducidos al mínimo más estricto:

“Todo el tiempo que no fuera empleado en la oración, en el estudio o en el ejercicio del santo ministerio, sería robado a Aquel a cuyo servicio me he consagrado por entero… Todo mi género de vida está previsto de antemano, y nada me hará cambiar” (EE, 15, p. 6).

Pero en el seguimiento de Cristo no son los grandes principios, ni las costumbres, ni siquiera las Reglas lo que cuenta, sino los hombres y las mujeres a los que hay que servir y amar.

Cuando, en febrero de 1816, comprueba la descristianización de la gente del campo, abandona su vida bien reglamentada y se lanza a la aventura de las misiones populares. Para él éstas son ante todo un instrumento para promover el encuentro de las poblaciones más abandonadas con Cristo que las ama.

Así, como la sola lengua comprendida es el provenzal, hará algo nuevo asegurando todas las predicaciones en provenzal, a pesar de lo que pueda pensar la ‘gente bien’, y obligará a hacer lo mismo a sus colaboradores:

“Hizo usted un acto de debilidad cediendo a la insistencia de cin-co o seis burgueses para dar instrucciones en francés” (EO, 9, p. 14).

En el curso de esas misiones, inventa liturgias que hablan al pueblo, restaurando la renovación de las promesas del bautismo y haciendo cantar cánticos populares en los que todos podían participar. Crea los centros de reconciliación donde los fieles podrán gestionar con caridad las secuelas de la venta de los bienes nacionales.

Sale de la rutina en el campo de la confesión. Sin tomar el pecado a la ligera, toma aún con más seriedad al pecador que se arrepiente. Contra la costumbre de hacer volver al penitente varias veces al confesionario antes de dar la absolución, toma en cuenta la sinceridad de un corazón contrito sin imponer la humillante negativa del sacramento ¡Como si Dios pudiera rehusar su perdón!

“Somos ministros de la misericordia de Cristo, tengamos siempre y con todos entrañas de padre… Así nosotros no solo debemos reconciliar a los pecadores, los admitimos al convite sagrado, les damos el pan de vida para que puedan caminar en la nueva vida” (EO, 9, p. 13).

Nombrado obispo de Marsella en 1837, comprueba que el pueblo lo ignora todo sobre el Señor. Entonces, innova en sus homilías, en las visitas pastorales y en las giras de confirmación, no hablando ni de los mandamientos ni del infierno, sino centrando toda su enseñanza sobre Cristo. Compone para su diócesis un nuevo catecismo que habla esencialmente del amor de Dios a los hombres:

“Se aprende secamente la letra del catecismo que se explica mal que bien, pero no se atiende a poner de relieve la bondad de Dios, el amor infinito de nuestro Señor Jesucristo a los hombres. No se educa el corazón” (EO 18, p. 270).

Para él, Dios no está ligado ni a leyes, ni a verdades que creer. No está ligado más que por su amor a los hombres, amor que rebasa todas las reglas, costumbres y sacramentos.

Así, después de la toma de Constantine, los obispos rehúsan celebrar un funeral por los soldados muertos en el combate “pues no han muerto con certeza en estado de gracia”. Eugenio de Mazenod, sin esperar siquiera las órdenes del Gobierno, toma esa iniciativa:

“Yo rezaré y ofreceré el santo sacrificio por todos los militares muertos en el campo de batalla o de otro modo. Dios es infinitamente misericordioso, y no corresponde a nadie medir, y menos aún restringir su misericordia” (EO 18, p. 312).

Innova igualmente en el campo de la caridad. Cuando las cuatro epidemias de cólera que asolan su ciudad episcopal, “él toma la iniciativa en el alivio que sería oportuno procurar a los pobres enfermos”, reúne en el obispado a los superiores religiosos y les encarga establecer dispensarios, mientras el alcalde se niega a moverse. Cuando la epidemia se ha calmado, inventa nuevamente, para ocuparse de los huérfanos, de las viudas y de los supervivientes reducidos a la miseria. Estigmatiza el escándalo del desvío de los fondos caritativos recogidos por el ayuntamiento:

“Nadie ha experimentado el beneficio de los 50.000 francos que el ayuntamiento pretende haber distribuido… Entretanto los pobres acuden al obispado y nos vemos reducidos a vender nuestros cubiertos para aliviarlos” (EO 18, p. 312).

Tales frases no le procuran solo amistades, pero eso le tiene sin cuidado. En un tiempo récord crea orfanatos, abre talleres de aprendizaje, y encuentra trabajo para las viudas, mientras grita contra las lentitudes de aquellos que “se encostran en sus hábitos, pues la caridad no espera”.

“Tendré que combatir el egoísmo, el interés particular, la falta de celo, la rutina, la inacción… Todo esto no se hará sin contradicciones…Habrá sin duda quien alce el grito cuando se quiera ir adelante, pues nunca se hacen reformas sin herir ni lastimar a mucha gente. No importa. No tengamos la mira puesta más que en Dios, en el honor de su Iglesia y la salvación de las almas. Con todo, hará falta mucha virtud para sacrificar el propio descanso y deber por hacer bien a los hombres” (EE, 15, p. 199).

Para meditar con san Eugenio

San Eugenio,

Tú no te instalas en una Iglesia ya concluida, simplemente para continuar lo que se hacía ayer, sino que vas hacia los que están fuera.

Enséñame tu entusiasmo para que también yo sepa desplazarme, salir de mis rutinas e ir siempre más lejos.

Tú no te instalas en las ideas recibidas, en los principios y en las leyes, sino que miras al ser humano con la mirada misma de Cristo.

Enséñame tu entusiasmo para que también yo sea un apasionado por el hombre.

Tú no te instalas en imágenes ya confeccionadas de Dios, sino que osas asumir todos los riesgos para revelarlo como un Dios de ternura y de misericordia.

Enséñame tu entusiasmo para que también yo sepa manifestar la mirada amorosa de Dios.

“Conozco tu conducta, tus fatigas y tu paciencia… Pero tengo contra ti que has perdido el amor de antes. Arrepiéntete y vuelve a tu conducta primera, vuelve a encontrar el entusiasmo de tu juventud…”

(cf. Ap 2, 2-5).

Día noveno

ARRIESGARSE A AMAR A LOS OTROS

No concibo cómo pueden amar a Dios los que no saben amar a los hombres. Yo no trato de ocultar ni de repudiar los sentimientos que me animan. Al contrario, doy gracias a Dios porque me ha dado un alma capaz de amar a los hombres y de comprender así el alma de Jesucristo mi maestro. Temo poco el juicio de todos esos razonadores fríos y egoístas que al parecer colocan el corazón en el cerebro y que no saben amar a nadie porque, en definitiva, no se aman más que a sí mismos (EO, 18, p. 256s).

Al trastornar las costumbres religiosas permitiéndose todas las audacias para salir de la rutina, Eugenio de Mazenod trastorna igualmente a una Iglesia a menudo desapegada y jansenizante osando hacer alarde de sus sentimientos y proclamando que cuando uno es cristiano, tiene un corazón que está hecho para amar.

Impresionado por el costado abierto de Cristo en la cruz, encuentra en el corazón traspasado del Salvador la justificación de su amor loco por los hombres: “La fiesta del Sagrado Corazón es la fiesta del amor de Jesucristo a los hombres. Hay que amar, pues, a los otros con la fuerza del amor de Jesucristo” (EE 14, nº 87).

Y del corazón de Cristo siempre abierto es de donde saca su pasión por los más pobres y los más abandonados. Cobra cariño a los más abandonados precisamente porque ellos son los poco amados, porque están solos o dejados de lado, porque nadie los mira con ternura.

“No es nada dar el dinero, pero encontrarse cara a cara con seres tan desgraciados y verse en la imposibilidad de satisfacer todas sus necesidades, eso está por encima de mis fuerzas… Es para no poder aguantar…¡No puedo más!””(EO 19, p. 192).

Siendo obispo de Marsella, se lanza al trabajo de refundación de su diócesis, construyendo iglesias, creando parroquias, llamando a congregaciones religiosas, abriendo escuelas, multiplicando las obras benéficas, uniendo siempre el cuidado del alma y el del cuerpo de sus diocesanos. En todo esto, permanece cercano a la gente, confirmando a los moribundos, consolando a los enfermos conocidos y desconocidos, visitando a las familias en duelo:

“He visitado a un enfermo atacado por el cólera. Mi visita le ha hecho un bien indecible y ha edificado mucho al doctor que entró en la casa del enfermo al mismo tiempo que yo. Si se supiera bien lo que es un obispo, la gente se extrañaría menos de verlo acercarse a sus fieles cuando están en la aflicción o se enfrentan con la enfermedad y la muerte” (EO 18, p. 265).

Llora la muerte de Lamberta, fiel y humilde sirvienta de la comunidad oblata del Calvario. Cuando alguien le indica que esa actitud no es digna de un obispo, replica:

“Siento horror de los egoístas, los corazones insensibles que lo hacen girar todo en torno suyo y no devuelven nada por lo que se les da. Cuanto más estudio el corazón de Jesucristo, y más medito las acciones de su preciosa vida, más me convenzo de que tengo razón y ellos se equivocan” (EO, 18, p. 253).

“En Marsella se habla con admiración de su celo y de su gran bondad para con los enfermos y los pobres. No vacila en ir en persona a llevar socorros a los indigentes de las calles de peor fama, y con frecuencia se dirige allí para llevar los sacramentos a pecadores notorios. Ese celo y esa caridad eran a menudo tema de conversaciones en la ciudad” (minutas del proceso de beatificación).

“Sí, tengo corazón, y amo con un verdadero y tierno afecto… Estoy convencido de que tengo razón en amar a los hombres” (ib.).

Su audacia para con los hombres le lleva, más allá de toda recuperación religiosa, a servirles en su vida cotidiana. Por eso tiene interés en estar presente en su ciudad y en desarrollar todo lo que puede mejorar las condiciones de vida en ella.

En 1840 el gobierno real rehúsa dotar a Marsella de una estación, para castigar a la ciudad por no haber sostenido la Revolución que llevó al trono a Luis Felipe. Monseñor de Mazenod toma la defensa de su ciudad y escribe al Rey para obtener el precioso ferrocarril:

“¡Qué feliz me sentiría si mis observaciones llevaran al Rey a modificar un proyecto tan funesto para nuestra ciudad! Nadie sospecharía de dónde viene ese beneficio, y sería el Obispo, cuya solicitud debe extenderse a todo, quien lo habría procurado a su pueblo. Todos se beneficiarian “ (EO, 21, p. 38).

En 1847, se interesa por estar presente en la inauguración del arca de agua que permitirá a la ciudad estar dotada de agua corriente todo el año, y toma la palabra:

“Esta inauguración es uno de los días más bellos de la historia de Marsella. Esta obra magnífica, obra de la previsión y la solicitud de los elegidos, es una obra que va a mejorar grandemente la suerte de los marselleses, suerte que nos interesa” (Diario 1847).

En 1848 la segunda República organiza elecciones generales en las que por vez primera son invitados a participar todos los franceses. Mientras que la mayoría de los obispos son muy reservados, Mons. de Mazenod dirige una carta a todos sus diocesanos para invitarlos a ir a votar “para la dicha de todos”. Pero va todavía más lejos:

“El domingo en que tengan lugar las elecciones generales, los fieles no descuidarán nada para conciliar el deber de oír la Misa con el de depositar su voto. Pero aquellos a quienes esto resulte imposible, quedan dispensados de la obligación de oír Misa a causa de la alta importancia de su deber electoral” (pastoral de 24-3-1848).

Ahora bien, el domingo fijado para las elecciones no era un domingo cualquiera: ¡era el domingo de Pascua!.

El 25 de noviembre de 1850 inaugura un nuevo hospital de cuarentena en las islas de Frioul y aprovecha la ocasión para recordar a todo el personal sanitario cuál es su misión:

“Aquí el enfermo no debe ser tratado como un ser vil en quien no se vería más que lo material, sino como un ser hecho a imagen y semejanza de su Creador. Solo así se practicará una caridad verdadera” (Diario, 1850).

Mons. de Mazenod se da también a la población de origen rural o proveniente de la inmigración, llegada a buscar fortuna en Marsella. Se preocupa del alojamiento a menudo insalubre. Lanza la obra para mejorar los albergues obreros, pone la primera piedra de una casa modelo y bendice un conjunto urbano destinado a procurar una habitación decente a los trabajadores de los astilleros. En esta circunstancia pronuncia un discurso sonado sobre la verdadera dignidad humana del obrero, hasta el punto que el prefecto se cree obligado a denunciarlo al Ministro del Interior como peligroso agitador. El anciano prelado, a sus 76 años, no ha perdido nada de la energía del joven misionero que 45 años antes pronunciaba el sermón de la Magdalena exaltando “la eminente dignidad de los pobres de Jesucristo”.

Para meditar con san Eugenio

San Eugenio,

Tú nunca desesperaste de este mundo, simplemente porque un día Dios se enamoró de él.

Me parecer oírte decirnos:

“Hermanos y hermanas, venid.

Id con alegría a ese mundo amado por Dios,

la gran ciudad de los seres humanos,

donde Dios plantó su tienda y alzó su Cruz.

Id a ese mundo de violencia,

para decirle que la paz tiene ahí derechos de ciudadanía.

Id a ese mundo de mil rostros,

para decirle que la acogida tiene ahí derechos de ciudadanía.

Id a ese mundo de las grandes soledades

para decirle que el amor tiene ahí derechos de ciudadanía.

Que todos vuestros caminos sean acogida del otro.

Que todos vuestros caminos sean paz para el otro.

Que todos vuestros caminos sean corazón abierto al otro.

Que todos vuestros caminos sean confianza en el otro.

“Aunque hablara todas las lenguas …, si no tengo caridad, soy como bronce que suena… Aunque tuviera toda la plenitud de la fe hasta trasladar montañas, si no tengo caridad, no soy nada. Aunque repartiera todos mis bienes y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, nada me aprovecha” (1 Co 13, 1-3).

Día décimo

SER FIEL EN LAS TORMENTAS

He necesitado una gracia muy especial para no romper con el arzobispo que cae a ojos cerrados en todas las pasiones de los hombres y que así pone trabas a nuestra obra y hasta la amenaza. Es el mayor sacrificio de mi amor propio que he hecho desde hace mucho tiempo. Pues monseñor me quitó la razón en toda la línea.

Pero ¡la misión, la Congregación y todas esas almas que esperan todavía la salvación de nuestro ministerio! Esto me retenía, me clavaba en esa dura cruz que a mi naturaleza resulta tan difícil soportar (EO, 6, p. 42).

Una rápida ojeada a la vida de Eugenio de Mazenod podría darnos la impresión de que, a partir de su vuelta a Dios en 1807, todo fue fácil para él. De hecho, en cada una de las etapas de su vida tuvo que afrontar tormentas que estuvieron a punto, cada vez, de echar por tierra cuanto él emprendía, y a menudo fue cuestionado lo que él hizo.

La tempestad sopla desde 1816, cuando con los primeros misio-neros de Provenza se instaló en el antiguo carmelo de Aix. El éxito de su obra es evidente y los que estaban más alejados de la Iglesia acuden allí para oír hablar de Jesucristo. Pero esto no es del gusto de todos y él debe hacer frente a una protesta general de los párrocos de la ciudad que le acusan de vaciar sus iglesias. Ciertos obispos llegan a declarar nulos los votos emitidos en la Congregación, y el arzobispo de Aix lo trata “de hipócrita, de miserable y de sepulcro blanqueado”. Siente la tentación de reaccionar violentamente, pues nunca se le ha insultado de esa forma. Pero ¿no ha tomado la decisión de seguir a Cristo? Es pues normal que Dios lo tome en serio y “lo lleve por el camino del divino Maestro”.

“Dios mío, cuántas gracias no debería daros si se hubiera añadido encima que estoy poseído por el demonio. Este rasgo de semejanza con mi Maestro me daría todavía más esperanza de recompensa” (EO 6, p. 132).

A pesar de la herida del orgullo humillado, no pierde los ánimos.

“No estoy abatido…Nuestra Sociedad es fuertemente sacudida por la tormenta, pero no nos desanimemos. No es difícil percibir en todo esto una especie de aversión a los consejos evangélicos, lo cual me hace esperar que Aquel que fue el primero en ponerlos en honor, tomará en sus manos la defensa de su obra” (EO 6, p. 131s).

Permanecer en paz y conservar el ánimo, pues nada puede ocurrir que no sea la voluntad de Dios, esas son las conclusiones que saca de esa crisis.

Pero apenas apaciguada esa tempestad, sobreviene otra en 1823, y esta vez viene del interior mismo de su familia religiosa. Uno de los compañeros con los que había fundado la Congregación, un hombre en quien él tenía plena confianza, abandona sus votos y deja el grupo. Es el primero, pero por desgracia no es el último. Su corazón de padre queda herido, pues para él se trata de una traición: traición a la familia, traición a Cristo, traición a los pobres.

“Es una infamia monstruosa, apenas puedo persuadirme que sea posible…No conozco mayor ultraje a la divinidad, a la fe del juramento y a la religión con la que se juega” (EO 6, p. 129s).

Pero se repone: es una intuición venida de Dios lo que está en el origen de la Congregación. Es la percepción de las miserias de la Iglesia y la voluntad de anunciar a Cristo lo que le ha lanzado a esa aventura. Las cosas no están ya en sus manos, sino en las de Dios. Más que nunca, su actitud es la de “pedir a Dios que le guarde como a las niñas de sus ojos”.

Una nueva tempestad surge luego de la sociedad civil y sacude a Eugenio de Mazenod con la revolución de 1830. El nuevo régimen, al menos en sus comienzos, es muy anticlerical. Se derriban cruces de las misiones, se saquean obispados, se molesta a los sacerdotes, se prohíben las procesiones. Las obras oblatas se tambalean. Hay que cerrar en emergencia la casa de Nîmes, interrumpir las misiones populares, proceder con gran discreción y poner a cubierto a los jóvenes en formación. Hecho todo esto, “él lo abandona todo a la Providencia”:

“En nombre de Dios, que todos esos estrépitos no perjudiquen la regularidad. Que no nos preocupemos de los acontecimientos más que cuanto sea preciso para no estar ajenos a lo que pasa, pero que la piedad no sufra el menor detrimento” (Cartas, 7, p. 167).

El último ciclón es reservado a Eugenio de Mazenod en 1832. En lo más fuerte de su querella con el rey Luis Felipe, el Papa decide manifestar su independencia nombrando a un obispo sin el acuerdo del rey. Eugenio de Mazenod es elegido y acepta “por el bien de la Iglesia y porque el Papa lo pide”. El poder, herido, reacciona, hace un proceso al nuevo obispo, le calumnia y le retira la nacionalidad francesa. Eugenio decide defenderse contra esas decisiones injustas e ilegales.

Pero las relaciones entre el rey y el papa se caldean. Eugenio de Mazenod, obispo contra la voluntad del rey, se vuelve entonces una pieza molesta en la diplomacia vaticana. Se le intima la orden de no defenderse “a fin de no disgustar al Santo Padre”. Consciente de verse “abandonado” por el Papa a quien ha servido, obedece:

“Para no causar la menor pena al Santo Padre, he ordenado a mi abogado retirar mi apelación… El Papa quedó descontento conmigo. Ya no lo estará ahora. Mi deferencia hacia sus deseos ha sido completa” (EE 15, p. 183).

Pero su sufrimiento es terrible. Jamás habría podido pensar que el Papa cometiera semejante injusticia. Obedece al sucesor de Pedro, pero quiere manifestar al hombre que la decisión que le golpea es inicua y que su desilusión es total:

“Acepto y me abandono a la divina Providencia. Desearía añadir: y a la benevolencia del Santo Padre. Pero ya espero bien poco de ese lado… Sé que si se me llega a exiliar de mi país, no deberé contar ni con los favores del Santo Padre ni con sus simpatías. Pero la recompensa me vendrá de Dios” (Ib., 184).

De esta última tormenta, como de todas las que atravesó, saca una certeza:

“Dios me ha llevado de la mano. Me ha hecho realizar tantas cosas para su gloria. Más vale para mí que los hombres sean injustos e ingratos. Así Dios será mi única recompensa, como es ya mi única fortaleza y mi única esperanza” (Ib. 185).

Para meditar con san Eugenio

San Eugenio,

vuelve de cuando en cuando a decirme de nuevo,

cuando la tempestad agita con violencia la barca de mi vida,

que el Señor está siempre a bordo.

Vuelve a decirme de nuevo,

cuando las desilusiones hacen derrumbarse a las amistades más seguras,

que el Señor es el único Amigo fiel.

“Levanto mis ojos a los montes:

¿de dónde me vendrá el auxilio?

El auxilio me viene del Señor

que hizo el cielo y la tierra.

El Señor te guarda de todo mal,

Él guarda tu alma;

el Señor guarda tus entradas y salidas,

ahora y por siempre”

(salmo 120).

Día undécimo

SER FIEL EN LA NOCHE

¿Cuándo terminarán mis angustias? Desde hace varios meses no cuento un solo día que no me haya abrevado de amargura. El pasado, el presente y el futuro pesan igualmente sobre mi corazón. No concibo cómo puedo seguir viviendo. ¡Ah! Si Dios hubiera querido que muriera, cuántas penas me habría ahorrado; pero que se cumpla su santa voluntad. Lo digo con plena adhesión, a pesar de toda la oposición de la naturaleza contrariada en sus afectos más legítimos (Cartas, 7, p. 152).

Estamos por los años de 1830. Ya profundamente herido por las incomprensiones y los ataques venidos del exterior, el Fundador es atacado en lo que para él es lo más precioso: su familia religiosa. Tras haber experimentado la defección y la salida de algunos de sus hijos, tiene que afrontar ahora una nueva prueba: la muerte de cuatro oblatos de los más jóvenes, entre ellos el P. Suzanne, a quien considera como su hijo espiritual:

“Hijo amadísimo ¿quién me consolará de tu pérdida? ¡Ay, ya no te tengo más! Aun el pensamiento de la felicidad eterna de que gozas no me consuela. ¡Llámame, pues, a tu lado!” (EE, 15, p. 149).

Esa desaparición es para él un golpe terrible. Su salud física y psíquica queda quebrantada. No encuentra gusto en nada. No quiere ya recibir a nadie. Sin cesar, el recuerdo de “sus hijos difuntos” ocupa todo el campo de su pensamiento. Se siente inútil y llega a poner en duda el valor de todo lo que ha emprendido desde que es sacerdote.

“Soporto la carga con un hastío y un disgusto excesivos. Hasta el punto que necesito toda mi razón y un poco de la ayuda de Dios para no decir ‘basta ya’ y dar las buenas noches a la compañía” (EO 6, p. 148)

Respecto a la oración, como a la eucaristía, es la sequedad. Todo lo que ha hecho en sus más de quince años de ministerio le parece de muy poco peso. “Gime pues le parece que no ha cumplido su carrera”.¿No se ha equivocado? ¿no habría hecho mejor refugiándose en algún monasterio para perderse en el silencio y en la oración? Todo parece hundirse a su alrededor y llega hasta a dudar de sus compañeros en la vida religiosa:

“Formamos penosamente a algunos jóvenes, la mayoría de los cuales no alcanzan siquiera a concebir las grandes ideas que deberían elevarlos por encima de lo que los rodea… Acabé pidiendo a Dios que me llevara de este mundo” (Cartas, 7, p. 165).

Aconsejado por los suyos, Eugenio de Mazenod va a descansar en las montañas de Suiza. Pero no encuentra allí la paz interior con la que contaba. Está verdaderamente en la noche más profunda, en una angustia espiritual que él nunca había conocido y que se le hace insostenible.

Ha llegado a la noche del Jueves Santo, al Huerto de Getsemaní. Cuando se decidió a seguir al Hijo en su camino de obediencia a la voluntad del Padre, jamás hubiera pensado que eso le llevaría tan lejos en la imitación de Jesucristo. Experimenta en lo más profundo de su ser los sentimientos de su Señor en tal grado que ya no puede más que pronunciar las palabras mismas del Huerto de la Agonía.

“Mientras todos esos golpes provenían del exterior, no les hacía caso. Pero ahora, que Satán ha obtenido cribarme en el interior de la familia, quedo afectado hasta el punto de poder decir como el Señor: ‘Mi alma está en una tristeza mortal’” (EO 6, p. 134).

Este pasaje por la noche absoluta, el hastío y las ganas de dejarlo todo le conduce a no apoyarse en ninguna consolación humana y a ser totalmente libre en el Espíritu. Pasados varios meses de crisis, llega por fin, como Cristo su Señor, a abrirse por entero a la acción del Espíritu:

“Este Espíritu divino es quien debe ser en adelante el dueño absoluto de mi alma, el único motor de mis pensamientos, de mis deseos, de mis afectos y de mi entera voluntad” (EE 15, p. 197).

La noche de Cristo se volvió suya. Hasta entonces no había llegado a ese punto de cumplimiento de la voluntad del Padre. Necesitaba bajar hasta lo más hondo de esa noche para lanzar por fin el grito que libera y poder decir en verdad:

“Siento que tango que ver con mi Padre… Que se haga su voluntad” (EO 8, p. 67s).

A partir de ahí Eugenio de Mazenod es un hombre verdaderamente libre en el seguimiento de la voluntad de Dios, pues está en perfecta comunión con lo que Dios espera de él. En todas sus cartas misioneras va a referirse ahora a su experiencia personal. Habiendo conocido la noche, ese instante único en que todo calla, en que ya no hay ningún apoyo humano posible, en que la sola razón para decir ‘sí’ es una confianza absoluta y sin ninguna justificación intelectual ni sentimental, sabe de qué habla cuando recomienda a sus misioneros el abandono a la voluntad de Dios.

Es el desenlace de un largo y rudo combate, de un despojamiento completo en que el hombre se acoge a Dios porque Dios es Dios y eso basta.

La aceptación de la voluntad de Dios, más allá de la noche, significa para él a menudo muchas penas, pues, cualquiera que sea su aceptación de la Providencia, no deja de ser “desgraciado para toda la vida ante la pérdida de sus seres queridos” y sigue sin comprender que Dios le pida tales quebrantos.

Su aceptación no es en ningún caso mera resignación. Es simplemente la confianza, tanto que en lo más profundo de esa noche espiritual, en el momento del más ensordecedor silencio de Dios, puede, a pesar de todo, exclamar:

“Vos sois, Dios mío, mi única esperanza y sé por experiencia que nunca me faltaréis” (EE 15, p. 173).

Hace la experiencia de Dios en el centro de su silencio. Penetra, al precio de una transformación dolorosa de su conciencia y de su percepción del mundo, en el misterio de su pertenencia a Dios. Ha dedicado todos sus recursos, sus facultades psíquicas y físicas, su existencia social, a un solo objetivo: llegar a encontrar a Cristo. Ese encuentro solo es posible en el amor absoluto: amar incluso, amar sobre todo cuando el ser amado se esconde y nos arrastra más allá de nosotros mismos.

Ha quedado cautivo de “la indispensable necesidad de imitar a Jesucristo”. “Postrémonos, escuchemos con respeto, admiremos en silencio. Juremos ser fieles, hacernos dignos de esta gran vocación”(EE 15, p. 161).

Dios lo escuchó y tomó en serio su deseo.

Para meditar con san Eugenio

San Eugenio,

¡cuántas veces me ocurre también a mí estar completamente perturbado por el silencio de Dios. Ante la desgana en la oración, ante las desgracias de la vida, ante la vejez, la enfermedad y el luto, no comprendo ya y a menudo me parece que Dios se calla.

Entonces tengo necesidad de ti para ayudarme a entender las llamadas de Dios, cuando parece estar en silencio, y a leer los signos de su presencia cuando parece estar ausente.

Tú has sentido el vértigo de lo absoluto. Enséñame a no tenerle miedo.

Tú has hecho la experiencia de esperar contra toda esperanza. Enséñame ese camino, que es camino de vida.

Entonces podré ser libre como tú. Entonces podré dejar todo el espacio al Espíritu. Entonces podré dejar al Hijo decir en mí: “Padre glorifica tu Nombre”.

“Hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebrantaba las rocas, pero Dios no estaba en el huracán.

Después del viento, vino un terremoto, pero Dios no estaba en el terremoto.

Después vino un fuego, pero Dios no estaba en el fuego.

Después hubo como el silencio del susurro de una brisa suave.

Cuando Elías escuchó el silencio de la brisa suave, salió de la gruta y le llegó la voz de Dios”

(Cf. 1 Re 19, 11-13).

Día duodécimo

SER FIEL EN LO COTIDIANO

Los cuidados externos me preocupan tanto que he llegado al punto de no tener nada de aquel espíritu interior que antes constituía mi consuelo y mi dicha. Si es así ¿qué bien puedo hacer a los otros? Ya no actúo más que como una máquina en todo lo que me atañe personalmente. Parece que no amo a Dios más que por capricho. Rezo mal, medito mal, me preparo mal para la santa misa, la digo mal (EE, 15, p. 120s).

Tal vez resulta fácil ser fiel cuando la tempestad amenaza echar a pique la barca. Tal vez es también fácil mantenerse en la noche, cuando la prueba es tan violenta que no queda más que Dios a quien agarrarse. Pero hay otro riesgo de infidelidad mucho más solapado y más peligroso: el riesgo causado por la trivialidad de lo cotidiano. Es como un lento desgaste que corroe los entusiasmos sin que se advierta. Es como un polvo fino que poco a poco lo cubre todo y que, sin que nos demos cuenta, nos deja el espíritu atestado de mil cosas inútiles y el corazón vacío de amor.

Eugenio de Mazenod, en su larga vida, tuvo también que afrontar este riesgo. Tres años después de su ordenación, las actividades se atropellan y su pasión por el hombre lo arrastra poco a poco a olvidar hasta la misma razón de esa pasión: el amor loco de Dios y por Dios. Cuando toma el tiempo de pararse, traza un balance abrumador, pues “trabajando mucho por los otros, se ha olvidado demasiado a sí mismo y ha perdido por entero el espíritu interior”.

“Es bueno estar siempre dispuesto a servir al prójimo, pero este servicio ha sido una verdadera esclavitud. La amabilidad llevada al exceso degenera en debilidad. Tendré que fijarme una regla de conducta” (EO 13, p. 97).

Apasionado por el hombre, prendado de su grandeza y de su crecimiento, corre el riesgo de vaciar de sentido todo lo que hace dejándose arrastrar en la espiral del activismo. Debe pelear a fin de reservar tiempo para la oración y para la reflexión sobre sus jornadas a la luz del Evangelio.

“Ese prójimo a quien debo amar, me disipa, cuando vuelvo de junto a él no sirvo para nada. No debería ser así. La prueba es que cuando puedo pasar un día aislado, solo conmigo mismo, todo va mejor luego” (EE, 15, p. 81).

Otra forma de rutina es la causada por el desgaste espiritual. Cada uno conoce en su vida esos ‘tiempos fuertes’ en los que Dios parece muy cerca. Luego, la vida ordinaria se recupera y esos momentos excepcionales se vuelven recuerdos cada vez más vagos que insensiblemente van dejando de irrigar nuestras vidas. Eugenio de Mazenod no se libra de ello:

“¿Qué he experimentado sino una especie de lasitud espiritual, de torpor… ¿Cómo hacía las oraciones? No he sacado de ellas ninguna luz, ninguna dulzura, ningún consuelo” (Ib. p. 73).

Se rehace. Vuelve a descubrir con entusiasmo qué dulce es dejar a Dios impregnar su oración y cómo eso devuelve el sentido a todo lo que vive. Pero de nuevo la vida recupera el dominio, y algún tiempo después repite las mismas constataciones:

“Rezo mal, medito mal, me preparo mal para decir la santa misa, la digo mal, hago mal la acción de gracias, siento en todo una especie de repugnancia para recogerme…” (Ib. p. 121).

Para vencer esa lasitud espiritual, se zambulle sin cesar en la admiración del amor infinito de Dios. No tiene miedo de mirar cada vez sus infidelidades, sus tibiezas, sus cobardías. Pues, cuanto más se mira como es, tanto más se asombra de que Dios lo ame así y todo. Cada una de esas ‘tibiezas espirituales” le lleva a reencontrar la presencia siempre nueva de Cristo en su vida:

“Señor, haced que luzca sobre mí un rayo de vuestra luz para que pueda conocerme tal como soy a vuestros ojos. Dios mío, cuanto más me acuerdo de mis pecados, más me recuerdo de vuestras misericordias, pues sois mi Dios” (Ib. p. 144).

Otra forma de desgaste es la provocada por la edad. Al filo de los años las fuerzas físicas o espirituales decrecen, una necesidad de tranquilidad reemplaza las audacias del comienzo, el celo se vuelve desabrido y la mediocridad, insidiosamente, lo invade todo:

“Al comienzo de mi ministerio, yo iba al galope y la rapidez de mi marcha me impedía probablemente ver los peligros esparcidos en el camino. Apenas si pensaba en ellos y, sea por temeridad, sea a causa de las otras preocupaciones, los temía poco. Hoy, que voy a pasos cortos, es distinto, cuento una a una todas las piedras de tropiezo, las zarzas me enganchan por todas partes, las espinas me punzan en lo vivo, el frío me hiela, el calor me ahoga, las enfermedades me debilitan y los achaques morales me abruman” (EO 19, 240).

Estas líneas las escribe Eugenio en 1837. Y en el momento en que se da cuenta de esa fatiga que lo invade, acepta, para el servicio de la Iglesia, una de las cargas más pesadas que se le podían confiar: el episcopado de Marsella, segunda ciudad de Francia. Entonces vuelve a emprender con más brío el camino de la misión, con nuevo entusiasmo “porque le es preciso amar hasta el fin, hasta el don de la vida, a ese pueblo que se le acaba de confiar”.

Lo que cuenta no es su aptitud para desempeñar el cargo que se le ha confiado, es su disponibilidad a la voluntad de Dios: “Hay que ir adelante, es una necesidad que Dios me impone, tengamos ánimo y contemos con su gracia”(EE, 15, p. 195).

Para alcanzarlo “tengo que humillarme ante Dios por encontrarme tan diferente de lo que he sido un tiempo por su gracia. Ahora se trata de responder ‘aquí estoy’ a la nueva llamada del Señor. Pero, Señor ayudadme, venid vos mismo en mi ayuda” (Ib. 195s).

Finalmente lo cotidiano amenaza arrastrarnos a otra clase de lasitud: la causada por los hombres mismos.

Tampoco en este campo Eugenio de Mazenod quedó a salvo en su vida. Dispone de un corazón para amar, pero muy a menudo no se ve correspondido y se halla frente a grandes decepciones. No solo ocurre que las personas se muestren desagradecidas; a veces las cosas van más lejos. Así en 1838, cuando una intriga especialmente infame es armada por un antiguo empleado del obispado, a quien había ayudado particularmente, siente la fuerte tentación de no creer más en el hombre y de retirarse a su “torre de marfil”:

“Me veo tentado a no tener ya ganas de hacer bien a los hombres por compasión por ellos y por el placer de hacerlos felices. Siento que mi corazón se va endureciendo sobre las miserias de la humanidad”.

Pero también ahí el seguimiento de Cristo va a permitirle salir de la rutina a la que amenaza arrastrarle la mezquindad de los hombres. Cristo no tuvo más que una actitud: amó sin esperar nada a cambio. Amó porque es amor. Eugenio debe, a imagen del Señor, seguir amando a los hombres, “amarlos siempre, amarlos a pesar de todo”.

Podrá así llegar al final de su vida amando a los hombres como los ha amado en el entusiasmo de su juventud y pidiéndoles perdón por no haberlos amado lo suficiente:

“Pido perdón a todos los que creen tener motivos de queja contra mí, a los que he podido ofender o solamente contristar, protestando que si les he disgustado, ha sido bien a mi pesar y sin intención de hacerlo” (Testam.).

Para meditar con san Eugenio

San Eugenio,

el día de tu canonización dijo Juan Pablo II que tú habías sido un hombre del Adviento, un hombre de la Venida. Tu vida ha sido espera y acogida de Aquel que viene: del Hijo del Hombre venido a este mundo, y de los hijos de los hombres que vienen a tu encuentro.

Que, a tu ejemplo, yo sea un hombre o una mujer del Adviento. Así podré salir de mi rutina espiritual y acoger cada día a quien llama a mi puerta.

Que, a tu ejemplo, yo sea un hombre o una mujer del Adviento. Así podré acoger lo cotidiano como una llamada a arriesgarme siempre más lejos en la aventura de la vida.

Que, a tu ejemplo, yo sea un hombre o una mujer del Adviento. Así podré, por encima de mis desilusiones, acoger a cuantos vienen a mí, amarlos siempre, amarlos a pesar de todo.

“Corre al alcance de la justicia, la piedad, la fe, la caridad, la pacien-cia, la dulzura. Combate el buen combate de la fe, conquista la vida eterna a la que has sido llamado y de la que hiciste aquella solemne profesión delante de muchos testigos. Te recomiendo en la presencia de Dios que da vida a todas las cosas y de Jesucristo que ante Poncio Pilato rindió tan solemne testimonio, que conserves el mandato sin tacha ni culpa hasta la Venida de Nuestro Señor JC” ( 1 Tim 6, 11-14).

Día decimotercero

AVANZAR CON LA EUCARISTÍA

Todo conduce a la Eucaristía como al término donde Dios encuentra su gloria y los hombres su salvación. Todos los sacramentos, todos los dones de Dios, todas las obras de la verdadera piedad confluyen hacia ese término. Allí está la causa y la consumación de nuestra santificación, así como el corona-miento de nuestra glorificación y la perfección de la gloria de Dios entre los hombres (Pastoral de Navidad, 1859).

Eugenio de Mazenod vive en una época en que es rara la frecuentación de la comunión eucarística. Reacciona contra esa visión de las cosas, pues tiene demasiada conciencia de su propio pecado y de su incapacidad para salir de él por sí solo, para rehusar la ayuda de Dios. La Eucaristía no es la “recompensa propuesta a los santos” sino “la salvación ofrecida a los pecadores”.

“La perfección depende de la frecuencia de los sacramentos, y no es la frecuencia de los sacramentos la que depende de la perfección…Cada comunión sirve de preparación a la siguiente, y no se puede aprender a amar dignamente a Jesucristo sino en este sacramento de su amor”(EE 14, nº 35).

El destino del hombre es participar en la vida divina y estar unidos a Dios ya desde ahora, en nuestra vida cotidiana, pues este mundo es querido por Dios y el Hijo plantó en él su tienda. “La Eucaristía es el medio que nos ha dejado para vivir desde ahora de su espíritu” (Ib.).

Su experiencia del Viernes santo lo llevó a hacer la conexión entre el descubrimiento de su pecado y el descubrimiento de su destino de unión a Dios. La Eucaristía es el término, la desembocadura donde, ya desde ahora, la criatura puede por fin realizar, más allá de su pecado, lo que está destinada a ser: “Frecuentemos la Eucaristía, sí, frecuen-temos la Eucaristía. Es el único medio de hacernos santos” (EE, 14, nº 92).

Cuanto más débiles nos sentimos, más debemos acercarnos “a la única fuente de nuestra santificación”:

“Qué ciegos somos al tener en medio de nosotros la fuente de todo consuelo y obstinarnos en no ir a beber en ella. ‘Venid a mí’, clama sin cesar el Esposo, ‘Venid a mí todos los que sufrís los tormentos de la vida y estáis en la aflicción y yo os aliviaré’…Yo soy el pan de vida. Yo soy la fuerza de los débiles. Soy el sostén de todos” (EE 14, n. 75).

La Eucaristía es también para Eugenio de Mazenod el medio para cumplir su misión de conversión y de santificación de los otros. Predicador de la palabra, obrero de la caridad, está persuadido de que eso no tendrá eficacia más que por la Eucaristía:

“Convertiré más almas por mi asiduidad al altar que con todas las predicaciones que pueda hacer. No hay nada que dé más gloria a Dios y que sea más provechoso para la salvación de las almas que la Misa” (EE 15, p. 17).

Eugenio de Mazenod obispo consagra su última enseñanza a la eucaristía, presentándola como la cumbre de toda la vida cristiana:

“Todos los sacramentos de la Iglesia, todos los dones sobre-naturales de Dios, todas las obras de la verdadera piedad tienden hacia la eucaristía, donde está la causa y la consumación de nuestra santificación, el coronamiento de nuestra glorificación, la perfección de la gloria de Dios entre los hombres” (Pastoral, Cuaresma de 1859).

En ella se consuma nuestra divinización iniciada en el bautismo, Por eso nadie debe quedar privado de esa participación en el Cuerpo del Señor, tanto los moribundos como los últimos de los pecadores. Escribe tras haber dado la comunión a un condenado a muerte:

“Este hombre que ha recibido el Cuerpo de Cristo es un objeto de admiración, un ser privilegiado por quien el Señor obra grandes cosas, un predestinado que dentro de unas horas será recibido en el cielo…”(EO 18, p 227-229).

Medio de santificación, la eucaristía es también para Eugenio el lugar privilegiado de su encuentro íntimo, de su efusión cordial con el Señor. En varias ocasiones gozó de experiencias místicas fuertes al celebrar la eucaristía o al comulgar.

El día de su primera misa, en Navidad de 1811, entra “en transportes de amor y de agradecimiento”.

Mientras realiza las gestiones con miras al reconocimiento de su Congregación en diciembre de 1825, es la eucaristía la que le permite hallar fuerza y ánimos, cuando se le deja muy poca esperanza de éxito: “Sobre todo en la comunión cuando nuestro divino Salvador nos da la prueba más grande de su amor, yo podía abandonarme a todos los sentimientos que en ese precioso momento me inspiraban su divina presencia y la inmensidad de su misericordia” (Cartas 7, p. 25).

Cuando aguarda febrilmente la decisión de los cardenales que examinan las Constituciones de los Oblatos de María Inmaculada, en febrero de 1826, gracias a la eucaristía se abandona con confianza a la voluntad de Dios:

“Durante el tiempo de su reunión…me quedé en la iglesia de Santa María in Campitelli, y tuve tiempo de oír nueve misas. Pero le aseguro que, como había entrado con la voluntad de aguardar, no me cansé en absoluto, al contrario me encontré muy a gusto en ese bello templo, ocupado como uno debería poder estarlo siempre” (Ib. p. 28).

En el momento en que está hundido en la noche espiritual más profunda, en agosto de 1830, la eucaristía sigue siendo su único lugar de encuentro con el Señor:

“Esta mañana, antes de la comunión, me atreví a hablar a este buen Maestro con el mismo abandono con que lo habría hecho si hubiera tenido la dicha de vivir cuando él pasó por la tierra. Le expuse nuestras necesidades, le pedí sus luces y su asistencia y luego me abandoné enteramente a él, no queriendo en absoluto otra cosa que su santa voluntad. Comulgué después con esta disposición. Recibí entonces gran abundancia de consuelos interiores. Ningún pensa-miento penoso; al contrario, me sentía bien, era feliz, amaba y estaba agradecido” (Ib. p. 170).

La eucaristía se vuelve “esa cita deliciosa”, “ese centro común donde cada día se encuentra con los suyos”: “Sabe usted que siempre está presente en mi pensamiento, por la mañana en el santo sacrificio, y por la tarde en la adoración ante el sagrario. Esa cita es el único medio de acortar distancias, de hallarnos en el mismo momento en presencia de Nuestro Señor, de encontrarnos uno al lado de otro, por decirlo así. No nos vemos, pero nos sentimos, nos oímos, nos confundimos en un mismo centro” (EO 11, p. 71).

Eugenio de Mazenod nos invita a vivir la Eucaristía como el único lugar de unificación de nuestras personas, de nuestras comunidades, de nuestras oraciones y de todas nuestras actividades. Ahí se juntan nuestras fuerzas dispersas. Ahí encontramos valor. Ahí nos dejamos transformar totalmente y divinizar por nuestro único Señor:

“Uniros a Cristo en la comunión es volver a la vida. ¡Qué cabal renovación se opera entonces en vosotros! Entonces gustáis la paz, una paz que sobrepasa todo sentimiento y que va a estimular el reco-gimiento de vuestra oración y el ardor de vuestra caridad” (Pastoral, Cuaresma, 1859)

Para meditar con san Eugenio

San Eugenio,

un obispo dijo de ti un día que tenías el corazón grande como el de san Pablo, que escribía: “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”.

“Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”.

¿Cómo darle todo el lugar a Cristo, dejarle vivir del todo en mí, si la eucaristía no es el corazón y el centro de mi vida?

“Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”.

¿Cómo entrar en esa intimidad cordial con el Señor, si no tomo el tiempo de detenerme y adorarlo en su Presencia eucarística?

“Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”.

¿Cómo ser, a imagen de Cristo, alguien dado del todo a los otros, si no comulgo en el pan partido y en el vino derramado en abundancia por la salvación del mundo?

“En la eucaristía está el alimento de mi alma, el tesoro de mi corazón. Ahí está mi apoyo, mi consolador, mi amigo, la fuente de todas las gracias y de todas las delicias”. (EO 15, p. 286).

“Cuando se puso a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y lo reconocieron, pero él desapareció de su lado. Se dijeron uno a otro: ‘¿No estaba ardiendo nuestro corazón cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?’ Y levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén y encontraron reunidos a los Once…Contaron lo que había pasado en el camino y cómo le habían conocido en la fracción del pan”. (Lc 24, 30-35).

Día decimocuarto

AVANZAR CON LOS HERMANOS

No sé cómo mi corazón da abasto al afecto que alimenta para todos vosotros. No hay en la tierra un ser a quien Dios haya concedido el favor de amar con tanta ternura, fuerza y constancia a tan numerosas personas. No se trata simplemente de caridad, sino de un sentimiento maternal para con cada uno de vosotros, sin perjuicio de los otros. Cada uno de vosotros no puede ser amado más de lo que yo lo amo. Amo a cada uno plenamente como si fuera el único amado, y este sentimiento tan exigente lo experimento por cada uno. ¡Es maravilloso! (EO 11, 266).

Eugenio de Mazenod iba destinado al sacerdocio diocesano y, en los primeros años de su ministerio, se mueve él solo sea entre los jóvenes, sea entre los prisioneros o los domésticos. Pero muy pronto se da cuenta de que está perdiendo todo “espíritu interior” a causa de los cuidados de la misión:

“Ya no actúo más que como una máquina en todo lo que me atañe personalmente. Parece que ya no soy capaz de pensar cuando tengo que ocuparme de mí mismo. Si es así ¿qué bien puedo hacer a los otros?” (EE 15, p. 120s).

¿Cómo hacer para darse totalmente a los otros permaneciendo totalmente unido al Señor, haciéndolo todo no por activismo sino únicamente por la gloria de Dios? La respuesta a esta pregunta, la encuentra en el Evangelio:

“¿Qué hizo Nuestro Señor Jesucristo? Escogió a unos cuantos apóstoles y discípulos que él mismo formó en la piedad y llenó de su espíritu y, una vez instruidos en su doctrina, los envió a la conquista del mundo” (Regla, 1818).

La misión no es, pues, un asunto personal. Sino que, a imitación de los Doce, instituidos como grupo apostólico por el Señor, es la comunidad la que se hace signo y portadora de la misión:

“Queremos escoger a hombres que tengan la fortaleza y la valentía de marchar por las huellas de los apóstoles” (EO, 6, p. 7).

En la súplica que dirige el 25 de enero de 1816 a los vicarios generales de Aix con objeto de fundar los Misioneros de Provenza, insiste en la idea de comunidad con vistas a la misión:

“Los misioneros piden la autorización para vivir en comunidad… Prefieren, en efecto, formar una comunidad regular de Misioneros para tratar de ser útiles a la diócesis al mismo tiempo que trabajan en su propia santificación… -En la comunidad se ejercitarán en adquirir las virtudes y los conocimientos propios de un buen Misionero…(EO 13, 12s).

Sabe bien que sus compañeros, como él, tienen sus límites. Como él, son, “más o menos inútiles”. Es perfectamente consciente de que “el poco bien que hacen, lo hacen únicamente porque Dios los empuja por la espalda”. Pero son hermanos que Dios le da para que los ame. Lo importante es que el grupo forme una comunidad donde reine el amor. Así podrá ser signo de esa grande familia que Dios quiere constituir reuniendo a sus hijos dispersos. Puesto que esa elección viene de Otro, “debemos amarnos como hermanos. Este afecto mutuo nos hará felices, santos y fuertes para el bien”.

Para Eugenio de Mazenod sería ilusorio pretender llevar al mundo el Evangelio, si antes no estuviera apasionadamente enamorado de todos los hermanos que Dios le ha dado en su familia religiosa:

“He dicho muchas veces a Dios que, puesto que me ha dado un corazón de madre e hijos que merecen por tantos títulos mi amor, es preciso que me permita amarlos sin medida. Es lo que hago con plena conciencia. Me parece que cuanto más amo a seres como ellos, más amo a Dios” (EO 12, p. 43).

Semejante amor sólo puede venir de Dios y así significa a los ojos de los hombres que Dios es amor. Una comunidad donde reina ese amor venido de Dios es, por su misma existencia, misionera. El amor en el interior y el celo en el exterior son la misma y única realidad, y las últimas palabras de san Eugenio son:“Entre vosotros, la caridad, la caridad, la caridad, y fuera, el celo por la salvación de las almas”.

Porque ama a los hermanos que Dios le confía, los reprende enérgicamente, y sus cóleras son famosas. Pero si se permite esto es porque siente una gran ternura por cada uno. Él querría que crecieran, que no echaran a perder ninguna de las cualidades que había en ellos. No es raro que tras haber reprendido agriamente a alguno de sus hermanos, se arrodille ante él para pedirle perdón.

Se encuentra en la oración con todos sus hermanos, se alegra con sus visitas y con sus cartas, sufre por sus faltas a la caridad fraterna o por sus tibiezas misioneras. Sabe todo lo que les debe y no cesa de dar gracias a Dios por haberle dado tales compañeros:

“Me debo ante todo a esta familia por la cual el Señor me ha dado tanto amor y que es para mí constantemente y muy justamente motivo de admiración… Todos tienen incomparablemente más virtudes que yo y podría decir con razón que no soy digno de desatar los cordones de sus zapatos. Me estimo feliz de ser uno de ellos. ¡qué acciones de gracias debo a Dios por habérmelos dado! Siempre, pues, viviré en la unión espiritual más íntima con ellos” (EE 15, p. 146).

Invita a cada uno a hacer lo mismo y a reconocer en el otro todas las maravillas realizadas por Dios:

“Tened siempre mucha deferencia y respeto unos por otros. Persuadíos bien de que nadie aquí abajo posee todas las cualidades. Alegraos por aquellas que os han tocado en suerte y procurad adquirir más, pero no exijáis que vuestro hermano tenga numéricamente más que vosotros. Es posible que le falte tal o cual cualidad o virtud que vosotros pensáis tener. Pero estad bien seguros de que por su parte tendrá algunas que os faltan a vosotros. Ponedlo, pues, todo en común para provecho de todos. Sois todos miembros de un solo cuerpo. Haced rendir cada uno vuestro talento y nada le faltará al cuerpo entero” (EO 1, p. 34).

Todos hemos recibido el día de nuestro bautismo la misión de avanzar mar adentro en la vida, no individualmente, sino con los hermanos que Dios nos da. Y, al mismo tiempo que esa misión, hemos recibido el Espíritu que nos permite acogernos unos a otros como compañeros de ruta, dignos de ser respetados y amados.

Para meditar con san Eugenio

San Eugenio,

decididamente tú no tienes miedo de ir en contra de lo que el mundo proclama hoy.

Cuando el mundo jalea a esos héroes que se construyen solos, a fuerza de puños y, si es preciso, aplastando a los otros, tú vienes a decirme: “Tú no puedes llegar a ser tú mismo más que dejándote construir, día tras día, por los otros”.

Cuando el mundo invita a vivir en un círculo bien cálido de amigos o de camaradas cuidadosamente seleccionados, tú vienes a decirme: “No podrás crecer si no acoges a todos aquellos que Dios te da como compañeros de vida”.

Cuando el mundo parece invitar a cada uno a encerrarse en su cascarón y en su confort espiritual, tú vienes a decirle:” Abre tus puertas y tus ventanas a todas las riquezas, a todas las cualidades del otro”.

Cuando el mundo aprecia a cada uno solo por el valor de su apariencia, tú vienes a decir: “Encuentra tu grandeza en tus hermanos porque, a falta de virtudes que te sean propias y personales, puedes gozar de la alegría de las obras y de la santidad de ellos” (EO, 1, p. 95).

“Del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tenga muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo. Porque en un solo Espíritu hemos sido todos bautizados para no formar más que un cuerpo, judíos y griegos, esclavos y libres. Y todos hemos bebido de un solo Espíritu” (1 Co 12, 12-13).

Día decimoquinto

AVANZAR CON MARÍA

“¡Cuánto me regocijo con la Santísima Virgen María por todas las maravillas que Dios ha obrado en ella! ¡Qué abogada tenemos ante Dios! Seámosle devotos. Hacemos profesión de no querer ir a su Hijo más que por ella, y todo lo esperamos de su poderosa intercesión. (EE 14, nº 29).

Fundador de una familia religiosa que lleva el nombre de María, Eugenio de Mazenod debe evidentemente dar un puesto grande a la Virgen. Pero ¿qué puesto?

Su primer descubrimiento es el de la Cruz y su espiritualidad es resueltamente cristológica. Pero su contemplación de la Cruz le lleva a mirar a la Mujer que está al lado, de pie y silenciosa. Es la Cruz la que le lleva a la Virgen, y él da a esa presencia una triple dimensión.

La Virgen al pie de la Cruz se le presenta primero como consumando el ‘sí’ de la Anunciación. Es para él el modelo del don total a la voluntad del Padre. Lo que se inició en ella con el mensaje del ángel Gabriel, lo que continuó durante toda la vida pública del Señor, encuentra su coronamiento allí cuando, silenciosa, se asocia plenamente a la ofrenda que Cristo hace de sí mismo a su Padre. La palabra del Hijo: ‘Padre, cúmplase tu voluntad’ se hace la palabra de la Madre. Contemplando el ofrecimiento de su Hijo y asociándose a él es como María entra plenamente en el plan de Dios sobre ella. Así se convierte en modelo del don de sí, en seguimiento de Cristo, ofrecido del todo al Padre:

“Con María al pie de la Cruz, repitamos sin cesar esta frase apta para calmar todos nuestros dolores: ‘Hágase tu voluntad’ “ (Diario, 3-1-1859)

“Me ocupé en meditar sobre la oblación de la Virgen al pie de la Cruz, de lo que hasta ahora tenía una idea muy imperfecta” (Cartas, 7, p. 141).

María al pie de la Cruz se le presenta también como la que recibe de Cristo el título prestigioso de ‘Mujer’, es decir la ‘Nueva Eva’, la que respondió al plan misericordioso de Dios, la criatura restaurada en su semejanza con el Creador. Es la Inmaculada en su Concepción. Este título, del que Eugenio de Mazenod se hace ardiente defensor mucho antes de la proclamación del dogma por la Iglesia, se le muestra como la consecuencia de la Cruz.

Decir que María es ‘la Inmaculada Concepción’ es decir que el acto de la salvación del mundo fue realizado por la Cruz de Cristo y que el mundo entero ha quedado restaurado en su primera dignidad. Sea cual sea nuestro pecado, sea cual sea el sentimiento de nuestra propia indignidad, sabemos que esa restauración ha tenido lugar, pues Dios la ha realizado ya en una de sus criaturas.

“¡Oblato de María Inmaculada! ¡Si es un diploma para el cielo! Reconoced que es tan glorioso como consolador el estarle consagrados de una manera muy especial y llevar su nombre… Sí, regocijémonos de llevar su nombre” (EO 6, p. 234).

Por último, María al pie de la Cruz pasa a ser la Madre que Jesús da a todos sus hermanos. Es la Madre del nuevo pueblo de Dios, pueblo reunido por Cristo, pueblo habitado por el Espíritu, pueblo apasionado de la gloria del Padre.

Para Eugenio de Mazenod, María Madre de Jesús es sobre todo la Madre que Jesús nos da: “Recuerde que al adorar el Corazón de Cristo, bebe el Amor de Dios en su fuente. Recuerde también que al rendir homenaje al corazón de María, le hace presente toda la ternura que ella nos otorgó en el Calvario, cuando su divino Hijo nos entregó a ella como hijos” (EE 14, nº 53).

Se dirige a ella como a una madre, y pide a todos que “tengan para con ella una gran ternura”. Vive en su intimidad, exponiéndole sus gozos y sus penas, compartiendo con ella sus sufrimientos, sus entusiasmos y sus temores de misionero.

A esa Madre acude para pedir vocaciones: “Recemos eficazmente al Padre de familia que nos envíe obreros para cultivar la viña que nos confió. Esta gracia, le toca a nuestra buena Madre obtenérnosla para la gloria de su divino Hijo” (Cartas, 7, p. 72).

A ella acude cuando da gracias por los frutos de las diversas misiones: “Por mi parte, estoy persuadido de que debemos todo esto a la protección de esta buena Madre” (EO, 1, p. 109).

A ella se vuelve cuando se acerca el fin de su vida: “Invoco, para el perdón de mis pecados, la intercesión de la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, atreviéndome a recordarle con toda humildad, pero con consuelo, la devoción filial de toda mi vida y el deseo que he tenido siempre de hacer que fuera conocida y amada” (EE, 15, p. 205).

Honrar a María, más especialmente en su Inmaculada Concepción, es siempre remitirse con admiración a un Dios que nos ha amado hasta morir en una Cruz: “Amad y venerad a la Santísima Virgen, pero dirigid vuestras plegarias al Señor, encomendándolas a la poderosa intercesión de María. Que vuestra confianza suba siempre hasta el Cielo y no se pare, según los errores de los paganos que se glorían en sus ídolos, en una imagen material que por sí misma no tiene virtud alguna. No es la imagen o la estatua la que os puede escuchar. Es la Santísima Virgen quien escuchará vuestros deseos y os obtendrá el socorro del que solo Dios es el principio y el fin” (Pastoral, Navidad de 1837).

Cuanto más avanza en edad, más tiernos y confiados se vuelven sus lazos con María. Exulta de gozo al saber que el Papa Pío IX piensa proclamar el dogma de la Inmaculada Concepción:

“Feliz el día en que Dios, por el Espíritu Santo de su divino Hijo, ha inspirado al corazón del Santo Padre rendir ese supremo honor a la Virgen María”(Carta a Pío IX, 1851).

Invitado especial del Papa para el acontecimiento del 8 de diciembre de 1854, se comporta como un niño encantado de festejar a su madre. Pero al mismo tiempo ve ahí la señal de la victoria de la Cruz sobre todas las fuerzas de muerte. Más allá de María, es toda la humanidad la que es arrancada a las secuelas de su pecado y glorificada: “Me parecía ver a la Iglesia sufriente, la del Purgatorio. Quedaba toda iluminada por una luz divina. El Purgatorio se vaciaba por la clemencia del Juez supremo quien, con ocasión de la glorifica-ción de su Madre, hacía participar a toda su familia en la alegría general de la Iglesia, le perdonaba todas sus deudas y la unía a los trasportes de gozo del coro de los ángeles y los santos”(EO 17, 248s).

A María consagra una de sus últimas cartas pastorales, un año antes de su muerte, invitando a sus diocesanos a remitir a Cristo las gracias obtenidas por la Virgen: “Su nombre no es invocado con tanta confianza más que para que ella suplique por nosotros a su divino Hijo, reconocido como único autor de toda gracia”(Past. Navidad 59).

Para meditar con san Eugenio

San Eugenio,

el 21 de mayo de 1861 llegas a la hora de tu muerte. Tus Oblatos están al lado. Entonan la antigua oración Salve Regina, canto de confianza en que el hombre se vuelve a la Madre del cielo. Y cuando llega la triple invocación a la Virgen clemente, piadosa y dulce, tú terminas tu carrera en este mundo, lanzándote con la Inmaculada al encuentro con tu Señor.

Con san Eugenio, yo te saludo, María, Madre de Aquel que es Clemencia. Saludo en ti el signo de un Dios de misericordia.

Con san Eugenio, yo te saludo, María, Madre de Aquel que es Dulzura. Saludo en ti el signo de un Dios que nos lleva sobre su pecho.

Con san Eugenio, yo te saludo, María, Madre de Aquel que es Bondad. Saludo en ti el signo de un Dios que fija en cada uno su mirada de amor.

Con san Eugenio, yo te saludo, María, mi Madre. Sé que estás siempre a mi lado en este gran viaje de la vida. Sé que puedo tender a ti la mano, como un niño que quiere que su madre lo proteja.

“Junto a la Cruz de Jesús estaba su Madre… Jesús, viendo a su Madre y junto a ella al discípulo que amaba, dijo a su Madre: ‘Mujer, ahí tienes a tu hijo’ Luego dice al discípulo: “Ahí tienes a tu Madre’. Y desde aquella hora, el discípulo la acogió en su casa”. (Jn 19, 25ss).

Pensar en el cielo

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Cuentan que, durante un viaje en funicular, cuando estaban a punto de alcanzar la cima, viendo la impresionante caída que tenían debajo, una señora le preguntó al conductor:

—Oiga, ¿qué ocurriría si se rompiese el cable?

—Pondríamos enseguida los frenos. –contestó el conductor.

La señora, que seguía preocupada, insistió:

—¿Y si los frenos no funcionasen?

—Tranquila, señora, tenemos doble freno de seguridad.

La señora, todavía no satisfecha, continuó preguntando:

—¿Y a dónde iríamos a parar si tampoco éstos respondiesen?

—Pues al cielo o al infierno, señora, según los méritos de cada uno.

El conductor, dentro de su guasa, tenía bien claro que la vida del hombre no termina en la tierra, y que estamos siempre en las manos de Dios aunque no podamos tener absolutamente aseguradas todas las eventualidades.

En una ocasión, San Pedro, que se había empezado a preocupar por su futuro al ver la tristeza del Señor cuando se refirió a los que no quieren ser generosos y desprendidos en esta vida, le preguntó, en nombre de todos los apóstoles: “Señor, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido. ¿Qué será de nosotros?”. La respuesta de Jesús –que ya conocemos– les confirma en su generosidad: el Señor les promete el ciento por uno en esta vida y la vida eterna (Mt 19, 29). Pensar en el premio que Dios tiene prometido a los que les son fieles no es egoísmo. Al contrario, esa consideración enciende nuestra esperanza, que es la virtud propia del caminante, la que le lleva a esforzarse y a perseverar en el camino porque le hace entender que vale la pena.

Impresiona visitar las Catacumbas de San Calixto en Roma. Es un cementerio cristiano, pero allí no aparece la palabra muerte, y es que aquellos primeros cristianos vivían, con toda naturalidad, afincados en la certeza del Cielo. Nuestra vida tiene sentido porque existe la muerte, es decir, el Cielo para siempre. Para el cristiano la muerte no es tristeza, es vida, la verdadera Vida, es ser vivido, tomado, habitado y señoreado por nuestro Padre Dios.

Esa es la realidad de nuestra vida. Toda nuestra vida es una participación misteriosa de la eternidad de Dios que está llamada a consumarse en el Cielo, y debemos vivir ya aquí en la tierra como si fuera un Cielo, con esperanza de Cielo.

La esperanza del Cielo llenará de alegría nuestro camino, aun en medio de las dificultades. Imitaremos así a los Apóstoles, que “sacaron tanto provecho de la Ascensión del Señor que todo cuanto antes les causaba miedo, después se convirtió en gozo. Desde aquel momento elevaron toda la contemplación de su alma a la divinidad sentada a la diestra del Padre y ya no les era obstáculo la vista de su cuerpo para que la inteligencia, iluminada por la fe, creyera que Cristo, ni al descender se había apartado del Padre, ni con su Ascensión se había apartado de sus discípulos” (S. León Magno, Serm. 74).

Con facilidad se olvida que el opus magnum, la obra grandiosa del Cristianismo no es un crucificado vencido, sino un resucitado vencedor, que nos llama a vencer y a resucitar. Por Él, con Él y en Él, nuestra vida no se pierde, se transforma.

En Lourdes, la Virgen María recordó al mundo que el sentido de la vida en la tierra es su orientación hacia el Cielo. La tierra no es la fase definitiva de nuestra historia. En el Cristianismo todo tiene importancia, porque en esta vida elegimos lo que vamos a ser para siempre. La vida eterna será un reflejo de lo elegido por nosotros en este mundo.

“Entiendo muy bien aquella exclamación que San Pablo escribe a los de Corinto: Tempus breve est, ¡qué breve es la duración de nuestro paso por la tierra! Estas palabras, para un cristiano coherente, suenan en lo más íntimo de su corazón como un reproche ante la falta de generosidad y como una invitación constante para ser leal. Verdaderamente es corto nuestro tiempo para amar, para dar, para desagraviar” (J. Escrivá, Amigos de Dios, n. 39).

San Pedro nos anima: “vivid de tal manera que hagáis cierta vuestra vocación y elección” (2 Pe 1). La vocación, como hemos visto, depende en buena parte, misteriosamente, de nuestra libertad: podemos hacer cierta la llamada de Dios configurando nuestra vocación con nuestra respuesta libre, queriendo hacer de nuestra vida lo que Dios, desde toda la eternidad, ha querido para nosotros. Si somos generosos y fieles en nuestra vida, nos haremos capaces de recibir el mayor don: Dios mismo, que se nos dará ya plenamente tras la muerte, colmando todas nuestras ansias de amor, de bien, de felicidad.

En un pequeño gran libro de José Pedro Manglano y Mikel Santamaría (¿Sigue vivo Dios?) Se explica cómo nos cuesta hacernos cargo de la felicidad que supone el Cielo. Para atisbarlo se imaginan la felicidad y el asombro que provoca en la persona enamorada la mirada de la persona que le ama. Cuando uno descubre esa mirada, se sorprende y se entusiasma.

Hay algo de absoluto, algo demasiado grande en el amor verdadero, que nos hace sentir que no somos dignos de él (el que se cree digno es que no ha descubierto que ese amor es posible precisamente porque somos imagen y semejanza de Dios). Pues si una mirada de amor sorprende y entusiasma, imaginemos lo que será la mirada de Dios que nos dice que está enamorado de nosotros, que se nos entrega entero. Un Dios que ha sido capaz de crear millones y millones de seres que son capaces de enloquecer de amor a otros tantos. Pues esa mirada y ese cariño son lo que vamos a experimentar en el Cielo… ¡Viviremos, para siempre, borrachos de amor! ¡Vale la pena!

Hace tiempo leí en la revista Palabra (n. 359, 1994) unas palabras que se atribuían a San Josemaría. Son de tal belleza que me parece oportuno traerlas aquí. Dicen así: “Cuando te vea por primera vez, Dios mío, ¿qué te sabré decir? Callado, esconderé mi frente en tu regazo… y lloraré, como cuando era niño. Tus ojos mirarán todas mis llagas… te contaré después toda mi vida… ¡aunque ya la conoces! Y Tú, para dormirme, lentamente me contarás un cuento que comienza: Érase una vez un hombrecillo de la tierra… y un Dios que le quería con locura…”.

La soledad- miedo a la muerte

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Cuando tenía yo 22 años, seminarista todavía, tuve el privilegio de tener una experiencia excepcional de desierto. Estuve yo en el hospital durante varias semanas, sentado con mis hermanos en una habitación de cuidado paliativo, viendo a mi padre morir.

Mi padre era todavía joven, sesenta y dos años, y disfrutaba de buena salud, hasta que un cáncer de páncreas le sacudió. Era él un hombre de fe, y se comportó así hasta su lucha final. No temía a Dios, a quien había servido durante toda su vida; tampoco al más allá, que, según le aseguraba su fe, iba a ser rebosante de dicha y felicidad. Sin embargo, no podía soltar la vida de manera fácil, y a veces luchaba casi con amargura antes de rendirse. Sentía una gran tristeza en su corazón, más suave que amarga hacia el final, durante sus últimas semanas de vida. Realmente, no quería morir.
Pero esa tristeza no se basaba en un miedo a la muerte, o a Dios o al más allá. Su tristeza tenía que ver con el tener que abandonar este mundo, dejar a su esposa, a su familia, a su comunidad, tener que dejar los sueños que acariciaba para sus años de jubilación; y su tristeza tenía también que ver con su propio disfrute de la vida. Se sentía triste ante el hecho amargo de que él se estaba muriendo mientras el resto de la familia, nosotros, y el resto de la vida, seguirían adelante, sin contar ya con él.
Hace poco tiempo me acordé de esto mientras leía un artículo en “America Magazine”, escrito por Sidney Callahan, en el que ella comparte sobre su propio miedo a morir. He aquí una parte destacable de su texto:
“Surge una honda tristeza por el hecho de tener que renunciar al propio papel en el drama actual de la propia vida y del propio tiempo. El círculo familiar local y el amor de uno a la propia familia y a la gente (incluyendo a mi perrito encantador) nos vinculan a nuestro específico y bello mundo. Interrumpir esta historia es una perspectiva dolorosa, cuando añoramos continuarla por siempre. Cuando tu vida es un dichoso banquete de Sábado sagrado, ofrecido por Dios para nosotros aquí y ahora, abandonar tu puesto a la mesa puede resultar difícil – aun cuando sea por una celebración más gloriosa. Al morir entraremos indefectiblemente en una existencia novedosa, imposible de imaginar; seremos como un feto que nace y sale a la luz. A pesar de las maravillas prometidas para el mundo futuro, me temo que me identifico con el feto feliz y satisfecho en el seno de su madre, que no quiere salir y asomarse al mundo”.
Antes de descartar esto como un sentimiento inmaduro y menos-que-santo, podríamos examinar con cuidado el miedo que sintió Jesús mismo a morir. Los evangelios presentan su agonía, su “sudar sangre”, como un drama más moral que físico-corporal. Se trata de percibir a Jesús en su humanidad, como amante, que está sudando su propia muerte. Los evangelios lo dejan bien claro. Al describir la muerte de Jesús, destacan su inmensa soledad, su aislamiento, su estar “a un tiro de piedra de todos” y su sentimiento de sentirse abandonado. La pena y el dolor que él expresa en el Huerto de los Olivos no es miedo al dolor físico inminente; es miedo al abandono inminente, a perder su puesto a la mesa, al aislamiento moral y emocional al morir, a morir solo, a morir incomprendido, a morir como unanimidad-menos-uno.
Puede sernos útil contemplar esto, por varias razones.
Primero, una comprensión más profunda de este misterio nos puede ayudar a reconocer y tratar con mayor apertura algunos de nuestros temores sobre la muerte. Necesitamos conformarnos con sentirnos tristes ante el pensamiento de la muerte. Así mismo, una comprensión más profunda de esto nos puede preparar para la soledad que un día tendremos que afrontar. Como dijo acertadamente Martin Luther King: “Vas a morir solo. Más te vale que creas solo”.
Segundo, una comprensión más profunda de este misterio nos puede salvar de hacer juicios simplistas sobre el modo cómo otra gente se relaciona con la muerte. Es demasiado común la creencia simplista de que, si una persona tiene fe auténtica, debería ser capaz de soltar la vida con facilidad y morir pacíficamente. Eso es cierto, pero precisa cantidad de reservas: Como escribió una vez Iris Murdoch: “Un soldado raso muere sin miedo, Jesús murió amedrentado”. Jesús, tal como aclara el relato de su muerte según el evangelio de Marcos, no pasó por el proceso de muerte, por el proceso de soltar la vida, serenamente. Afrontó su muerte con fe y valor, pero también la afrontó con profunda tristeza, intensa lucha, casi con amargura, y con aparente oscuridad en el epicentro de su fe. Personas con buena salud, personas que aman la vida encuentran difícil renunciar a su puesto junto a las mesas de este mundo. ¡No es de extrañar que también Jesús forcejeara y luchara!
Por último, una comprensión más profunda de este misterio puede, paradójicamente, ayudarnos a entrar en el ruedo de la vida con mayor profundidad. Jesús nos dice que tenemos que perder nuestras vidas para encontrarlas. Entre otras cosas, esto quiere decir que tenemos que aceptar el que un día tengamos que perder nuestro puesto en las mesas de este mundo. Y esa aceptación puede darnos un mayor aprecio por las mesas de la familia, de la comunidad, y el disfrute de sentarnos ahora en este específico y bello mundo.
La vida y el amor son valiosísimos, a ambos lados de la eternidad. Nuestro temor de perder nuestro puesto dentro de ellos es un saludable y santo temor.

Homilia modelo para un funeral

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En un momento en el que vivimos tenemos que decir que la confianza en la vida eterna de los que han abandonado este mundo se basa en la fe de Cristo muerto y resucitado. En este gran misterio encuentra el creyente la fuente del consuelo verdadero y busca el rostro de dios para Desahogar su alma en el.

Cuenta la historia que una abuela estaba escribiendo con un lapiz, se le acerca su nieto y le pregunta que está haciendo. La abuela le dice

Estoy escribiendo sobre tí , ahora bien, más importante que lo escribo con el lápiz es el lapiz que estoy usando, me gustaría que tú fueras como el lápiz , que fueras como el cuando crezcas y madures.

Depende, prosiguió la abuela. de como mires las cosas. Hay cinco cualidades en el que puedes si consigues conservarlas , te harán una persona en paz con todo el mundo.

Primera cualidad: puedes hacer muchas cosas, pero no debes olvidar nunca que existe una mano que guia tus pasos. A esa mano la llamamos Dios y Este debe conducirte siempr en la direccion de su Voluntad.

Segunda cualidad: de vez en cuando necesito dejar de escribir y usar el sacapuntas. Con eso el lapiz sufre un poco, pero al final está mas afilado y así escribe mejor. Has de saber soportar algunos dolores porque te harán una persona mejor.

tercera cualidad: El lapiz siempre permite que usemos una goma para borrar los errores. Debes entender que corregir una cosa que hemos hecho no es necesariamente malo, sino algo importante para mantenernos en el camino de la justicia.

Cuarta cualidad: lo que realmente importa en el lápiz no es la madera, ni la forma exterior, sino el grafito que lleva dentro. Por tanto cuida siempre lo que ocurre dentro de tí.

Quinta Por último , la quinta cualidad del lápiz siempre deja una marca. Del mismo modo has de saber que todo lo que hagas en la vida dejará huellas y procura ser consciente de todas sus acciones.

Hoy celebramos la huella que ha dejado Leopoldo en vuestras vidas, Cada uno de vosotros ha sentido su huella. De un modo especial su esposa y sus hijos. Posiblemente ha dejado huella en varios de vosotros la forma de dejar este mundo a una edad cuando todavía quedaba tanto por hacer. Pero hoy estamos aqui para recordar su vida, recordar las impresiones que dejo en cada uno de nosotros .

Ahora recordamos esta palabra pronunciada en las lecturas: no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijais como lo hacen los hombres sin esperanza. Los que han muerto , Dios, por medio de Jesús los llevará con El. Consolaos con estas palabras .

Hoy, al final de la tarde, como los discípulos de Emaus sentimos que nuestro corazón ardía al escuchar las palabras del Señor en nuestra vida.

Como el lápiz , Leopoldo tenía un gran corazón. Fue un hombre serio, trabajador incansable, responsable, comprometido con su trabajo ejerciendo la profesión de Ingeniero en Obras Publicas. visitó muchas zonas del mundo por razón de su cargo y muchas ciudades dentro de España.

La huella que dejó en los suyos y hoy damos gracias a Dios por ello fue su ejemplo personal: Era más un hombre de enseñar con el ejemplo de su vida, que con grandes discursos. Fue un hombre a juzgar por quienes lo conocieron de una dulce sonrisa, y una mirada penetrante. Mirada tengo que decir que me impresionó cuando lo visité en su lecho de dolor y cuando le ofrecí los consuelos de la oración y la esperanza cristiana. Tengo que decir que su mirada era penetrante y demostraba ser un hombre sensible ante los demás.

Estamos aqui para acompañar a su familia, esposa e hijos que han visto como poco a poco se iba debilitando su “madera,” su fisico se deterioraba, y cómo eran testigos de la poda que el señor iba haciendo en el y cómo el mismo se iba dejando afilar por ese sacapuntas que representa la enfermedad, el dolor , el sufrimiento. Estamos con vosotros , queridos amigos, y familiares de Leopoldo porque pensamos que el Señor no nos deja hoy como siempre y no pasa de largo , sino que se queda con nosotros, participando de nuestra mesa, comiendo nuestro mismo pan, ofreciendonos su mismo cuerpo y dejandonos beber su misma sangre para que como los díscípulos de Emaus experimentemos que Cristo vive, que está en medio de nosotros, que está resucitado y que Leopoldo va camino de sus manos. Ahora verá a Dios cara a cara , como el hombre en el paraiso. Que como la goma, Dios mismo haya borrado todo aquello que le impide ser el mismo delante de su creador. Que haya borrado para siempre los sinsabores, las desesperanzas, los desalientos y frustraciones por las que haya podido transitar en este mundo. Que ahora goce de la Vida eterna que DIOS ha querido darle a El y a nosotros . Descanse en la Paz del Señor.

Continuamos la celebración pidiendo al buen pastor, que nos conduce, que nos lleva a fuentes tranquilas y repone nuestras fuerzas que haya acogido ya en su seno a aquel que en este mundo hemos conocido, amado y respetado.

Protegido: Reflexiones personales.

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