La nueva Provincia Mediterranea es ya un hecho.

Despues de la aprobación del Decreto de erección de la Nueva Provincia Mediterranea, podemos decir que se culmina el proceso de la creación de la Nueva Provincia. Quedan extintas las otras dos provincias, a saber: la antigua Provincia de España y la antigua Provincia de Italia.
Han sido cuatro años largos, en los que se han ido dado pasos en este encuentro de dos mentalidades, dos idiosincrasias, dos sensibilidades. Hemos ido conociendo poco a poco los entresijos de lo que significaba esta unificación, hemos hablado, hemos debatido, discutido y sobre todo hemos llegado a consensos que han dado como resultado el que estamos preparados para recorrer un camino conjunto hacia la plena integración de todos nuestros ministerios.
Los ministerios en los que hemos colaborado ya son varios: la misiones populares, la pastoral juvenil y vocacional. Recordamos todavía el no lejano encuentro entre los jóvenes de ambas provincias en la Jornada mundial de la Juventud en Málaga y Madrid; ha habido varios encuentros entre los laicos de las dos exprovincias; en la formación se han dado igualmente muchos encuentros y se han ido confeccionando los pasos a seguir entre la primera formación y la formación permanente.
Los últimos pasos que se han dado ha sido el estudio y la elaboración de un estatuto que regirá los destinos de la nueva provincia. Es un estatuto elaborado por variados encuentros, reuniones de Consejos Provinciales, Asambleas provinciales y finalmente por el estudio punto por punto en una asamblea conjunta en Italia en este año 2012.

Cristo Rey

Desde la antiguedad se ha llamado Rey a Jesucristo, en sentido metafórico, en razón al supremo grado de excelencia que posee y que le encumbra entre todas las cosas creadas. Así se dice que:

Reina en las inteligencias de los hombres porque Es la verdad porque los hombres necesitan beber de El y recibir obedientemente la verdad.
Reina en la voluntad de los hombres no solo porque el es la Voluntad humana sino porque tambien porque con sus mociones e inspiraciones influye en nuestra libre voluntad y la enciende en nobles propósitos.
Reina en los corazones porque con su supereminente caridad y con su mansedumbre y benignidad, se hace amar por las almas de manera que jamás nadie, entre todos los nacidos, ha sido ni será jamás tan amado por Cristo Jesús.
Sin embargo , profundizando en el tema , es evidente que tambien en sentido propio y estricto le pertenece a Jesucristo como hombre el titulo y la potestad de rey, ya que del Padre recibió la potestad, el honor y el reino; además siendo Verbo de Dios, cuya sustancia es idéntica a la del Padre, no puede menos de tener común con el lo que es propio de la divinidad, y por tanto, poseer tambien como el Padre el mismo imperio supremo y absolutísimo sobre todas las criaturas.
La Imagen de Cristo, Rey, está presente en varios pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento. Esta doctrina fue seguida por la Iglesia, Reino de Cristo sobre la tierra, con el proposito celebrar y glorificar durante el ciclo anual de la liturgia, a su autor y fundador como a soberado Señor y rey del Universo.
En el Antiguo Testamento adjudican el título de Rey a aquel que nacerá de la estirpe de Jacob, el que por el Padre ha sido constituido Rey sobre el monte santo de Sión y recibirá de las gentes en herencia y en posesión los confines de la tierra.
Además se predice que su reino no tendrá limites y estará enriquecido con los dones de la justicia y la paz. Florecerá en sus días la justicia y la abundancia de paz y dominará de un mar a otro , y desde el uno hasta el otro extremo del orbe de la tierra.
Por ultimo aquellas palabras de Zacarías donde predice al rey manso que, subiendo sobre una asna y su pollino; habría de entrar en jerusalén, como justo y como Salvador, entre las aclamaciones de las turbas , ¿Acaso no las vieron realizadas y comprobadas los santos evangelistas?
En el Nuevo Testamento esta misma doctrina sobre Cristo Rey se halla presente desde el momento de la Anunciación del Arcangel Gabriel a la Virgen, por el cual ella fue advertida que daría a luz un niño a quien Dios había de dar el trono de David y que reinaría eternamente en la casa de Jacob, sin que su reino tuviera jamás fin.
El mismo Cristo , luego, dará testimonio de su realeza, pues ora en su ultimo discurso al pueblo , al hablar del premio y de las penas reservadas perpetuamente a los justos y a los réprobos, ora al responder al gobernador romado que públicamente le preguntaba si era Rey, ora finalmente, despues de su resurrección, al encomendar a los apóstoles el encargo de enseñar y bautizar a todas las gentes, siempre y en toda ocasion oportuna se atribuyó el titulo de Rey y públicamente confirmó que es Rey y solemnemente declaró que le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra.
Pero además qué cosa no habra para nosotros más dulce y suave que el pensamiento de que Cristo impera sobre nosotros, no solo por el derecho de la naturaleza, sino tambien por derecho de conquista, adquirido a costa de la redendción?: Ojalá que todos los hombres, bastante olvidadizos, recordasen cuanto le hemos costado a nuestro Salvador, ya que con su preciosa sangre, como de Cordero inmaculado y sin tacha, fuimos redimidos del pecado. No somos , pues, ya nuestros, puesto que Cristo nos ha comprado por precio grande: hasta nuestros mismos cuerpos son miembros suyos

Comentario sobre la Solemnidad

San Pablo afirma: “… cuando Cristo devuelva a Dios Padre su reino, una vez aniquilado todo principado, poder y fuerza. Cristo tiene que reinar hasta que Dios «haga de sus enemigos estrado de sus pies». -El último enemigo aniquilado será la muerte.”

El buen PastorLa Iglesia se dispone en este domingo a culminar el año litúrgico, y lo hace celebrando la fiesta en honor de Cristo, Rey del universo. Puede parecer una fiesta triunfalista, que no corresponde a la sensibilidad de nuestro tiempo, cuando el mismo Papa, que antes se coronaba con la tiara de las tres coronas, los tres poderes, no sólo ha dejado ese símbolo, sino que se nos ha mostrado en el mismo plano que los líderes religiosos de todas las religiones, en un gesto de diálogo sin precedentes, al haber invitado a la oración por la paz a personas no creyentes.

Pero si leemos todas las lecturas que acompañan la Liturgia de hoy, no encontramos en ellas una proyección de un Cristo majestad, sino de Buen Pastor, que se desvive por sus ovejas. Pastor que como símbolo de poder no lleva un cetro, sino un cayado, y las ovejas le siguen fascinadas por la voz bondadosa, por los dulces silbos, como canta Santa Teresa de Jesús: “Visto ya el gran Rey, que está en la morada de este castillo, su buena voluntad, por su gran misericordia, quiérelos tornar a él y, como buen pastor, con un silbo tan suave, que aun casi ellos mismos no le entienden, hace que conozcan su voz y que no anden tan perdidos, sino que se tornen a su morada. Y tiene tanta fuerza este silbo del pastor, que desamparan las cosas exteriores en que estaban enajenados y métense en el castillo” (Moradas IV, 3,2).

El profeta Ezequiel describe también con la imagen de pastor bueno y compasivo la relación de Dios con su pueblo. “Buscaré las ovejas perdidas, haré volver las descarriadas, vendaré a las heridas, curaré a las enfermas; a las gordas y fuertes las guardaré y las apacentaré debidamente. En cuanto a vosotras, ovejas mías, así dice el Señor Dios: -He aquí que yo voy a juzgar entre oveja y oveja, entre carnero y macho cabrío”.

No podemos eludir la referencia al juicio, ni manipular el texto que presenta San Mateo, en el que Jesús describe su retorno glorioso, cuando juzgará el comportamiento de la humanidad. Sorprende el veredicto sobre aquellos que, aun sin saber que hacían las cosas por Dios, Él los identifica como bienaventuradas por haber hecho el bien. Aquí me resuenan las palabras del Papa en Asís: “Existe también en el mundo en expansión del agnosticismo otra orientación de fondo: personas a las que no les ha sido dado el don de poder creer y que, sin embargo, buscan la verdad, están en la búsqueda de Dios. Personas como éstas no afirman simplemente: «No existe ningún Dios». Sufren a causa de su ausencia y, buscando lo auténtico y lo bueno, están interiormente en camino hacia Él. Son «peregrinos de la verdad, peregrinos de la paz».”

Que el justo juez, Buen Pastor, nos vea como seguidores de su voz, rastreadores de la verdad, entrañables con nuestro prójimo. A Él el honor y la gloria por los siglos de los siglos. Amén
La oveja perdida
Ven, Jesús, a buscarme,
busca a la oveja perdida.

Ven, pastor.
Deja las noventa y nueve
y busca la que se ha perdido.

Ven hacia mí.
Estoy lejos.
Me amenaza la batida de los lobos.

Búscame,
encuéntrame,
acógeme,
llévame.
Puedes encontrar al que buscas,
tomarlo en brazos
y llevarlo.

Ven y llévame
sobre tus huellas.
Ven Tú mismo.
Habrá liberación en la tierra
y alegría en el cielo. (San Ambrosio

Cristo Rey – comentario

Jesucristo, Rey del Universo
El juicio final

Domingo 34 del tiempo ordinario Ciclo A En fuerte contraste con otras parábolas suyas, que se distinguen por su extrema sencillez, aquí Jesús realiza un alarde de imaginación y nos dibuja un cuadro magnífico y solemne. La misma idea del juicio final evoca sentimientos tremendistas, nos hace imaginar escenarios terribles. Basta pensar en la fuerza y el dramatismo expresados en el célebre juicio final de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina. Por eso hay quienes creen que el Juicio final está pensado para asustar al ser humano con ese género de representaciones que contrastan mucho con sus (nuestras) preocupaciones cotidianas, mucho más modestas. Estas preocupaciones habituales e inevitables las resumía muy bien el filósofo Epicuro en lo que él llamaba “el grito de la carne”: “no tener hambre, no tener sed, no pasar frío”, o, si se quiere, en un lenguaje más actual, “un bienestar razonable”.
¿Se corresponde realmente el juicio de Dios con esas ideas tremendas, terribles y alejadas de la cotidianidad pedestre de nuestra vida?

En realidad, el juicio de Dios es “final” no sobre todo porque esté al final cronológico de la historia (sea ésta la historia universal, sea la pequeña historia que es la biografía de cada uno), sino porque trata de las dimensiones últimas, definitivas, pero realmente presentes, si bien no siempre de modo totalmente consciente, en la vida de cada día.

Hay que empezar diciendo que el juicio de Dios es, como todo juicio, un discernimiento y, por tanto, un proceso. En él, en la “fase de instrucción” o recogida de rastros y pruebas, Dios ha salido en busca del hombre, de modo parecido a cómo un pastor va en busca de su rebaño disperso, como de forma tan expresiva y bella describe el profeta Ezequiel en el texto de la primera lectura. Va Dios a la busca del que se ha perdido, de los “perdidos”. Esa pérdida (de sí) era ya toda una sentencia: el hombre se condena a sí mismo a muerte cuando se aleja de la fuente de la vida, de Aquel que se la ha regalado. Y si esa es la sentencia que el hombre dicta contra sí mismo (la que los seres humanos dictan además unos contra otros, de manera directa o indirecta, mediante la violencia y el odio, o mediante la indiferencia y el olvido egoísta), Dios ya ha juzgado de manera definitiva (un verdadero juicio final) sin apelación posible: su sentencia ha sido la misericordia y el perdón. Pero, como la otra sentencia, la de muerte, ya se ha hecho presente por el juicio (o la falta de él) del ser humano (Adán), Dios ha asumido esa sentencia sobre sí, y la ha padecido en Jesucristo. Y así, venciendo la muerte desde dentro, ha abierto a todos las puertas del perdón y de la vida, de la resurrección. Ese juicio de Dios es lo que con tanta concisión y fuerza nos transmite hoy la primera carta de Pablo a los Corintios.

Pero si todo esto es así, ¿a qué viene –podríamos preguntar– esa parábola grandiosa del juicio final? Más allá de la grandiosidad del escenario (requerido, sin embargo, por la seriedad de lo representado en él), reparemos en su contenido, en lo que Jesús nos quiere decir. Lo primero que nos dice es que ese juicio final también es un proceso que está sucediendo todos los días (también en fase de instrucción): no es algo que está en un lejano y brumoso futuro escatológico, sino precisamente en esa cotidianidad a la que nos referíamos al principio. En segundo lugar, se nos dice que, si el Juicio de Dios es el perdón y la misericordia, y esa sentencia ya ha sido dictada de una vez y para siempre en la muerte y resurrección de Jesucristo, ahora somos nosotros los que nos juzgamos a nosotros mismos: en la medida en que acogemos esa capacidad de compadecer (= padecer con) de Dios con nosotros y la proyectamos sobre los demás, precisamente sobre los que padecen (y, ¿quién no padece de un modo u otro?). Es decir, ese “grito de la carne” del que hablaba Epicuro, ese es el contenido del juicio que está en curso cada día, y en el que nosotros nos juzgamos a nosotros mismos. Pero si ese grito brota de modo espontáneo de la carne de cada uno referido a sí, aquí se nos habla de acoger el grito de aquellos que pasan hambre y sed, o están desnudos o solos o enfermos… Escuchar y responder. Sabemos lo que es padecer esas necesidades, pues todos estamos hechos de la misma pasta, todos tenemos carne; por tanto, podemos comprender los padecimientos ajenos, y participar en ellos, antes que nada no provocándolos (evitar ser causa del hambre o la sed, o el sufrimiento de nadie) y, en segundo lugar, tratando de remediarlos en la medida de nuestras posibilidades. Nadie puede decir que esos problemas no le conciernen y no tiene que ver con ellos. Si no tenemos que ver con los sufrimientos de nuestros semejantes, ¿con quién tenemos nosotros que ver? Al decir eso, ¿no estamos dictando sentencia contra ellos, abandonándolos en su situación de necesidad, y contra nosotros mismos, rechazando la compasión y la misericordia que Dios nos ofrece? El juicio es discernimiento, y lo que separa o discierne a los seres humanos unos de otros no es, ante todo, ni el sexo, ni la raza, la nacionalidad, el nivel económico ni el de instrucción, ni siquiera, sobre todo, la confesión religiosa, sino la capacidad de compadecer, que es la que hace presente en la cotidianidad pedestre de nuestra vida y de sus preocupaciones más elementales lo que de definitivo, “final”, no pasajero ni mortal hay en la vida humana.

La sorpresa de los juzgados para la vida o para la condenación (“¿Cuándo, Señor…?”) nos ayuda a comprender que en nuestra vida, aún sin ser del todo conscientes de ello, está continuamente presente el mismo Dios: el rostro de Cristo es el de nuestros semejantes, y de modo especial de los que pasan necesidad. Realmente, el primer y principal sacramento de Dios en la tierra, su forma más universal y directa de presencia real, es el hombre, cada ser humano concreto, especialmente en sus sufrimientos. Ese “no saber” tiene un significado muy concreto, que vale incluso para los que “saben”, para los creyentes que reconocen en los demás, sobre todo en los pobres, el rostro de Cristo. Y es que al compadecer, ayudar, visitar, consolar… no lo hacemos “para” salvarnos; como si fuera posible “comprar” la salvación a base de buenas obras; como si éstas fueran una técnica religiosa “para ir al cielo”. Cuando respondemos con misericordia (que incluye la justicia y es su forma suprema) a las necesidades ajenas, lo hacemos “porque” la salvación ya está operando en nosotros de un modo u otro; y la prueba de ello es nuestra capacidad de salir del círculo egoísta de nuestras necesidades y abrirnos a las necesidades de los demás. Esto es, lo hacemos por amor a ellos. Pero, ¿no es el amor la presencia de lo absoluto, definitivo y final en nuestro mundo pasajero y mudable? Sí. Ese es el juicio de Dios y ese ha de ser el contenido del Juicio final, como dijo San Juan de la Cruz: “Al atardecer de la vida nos examinarán de amor”. O, como más lacónicamente aún dice San Pablo: “el amor no pasa nunca” (1 Cor 13, 8).

Los talentos

Negociar con el talento recibido:

Lo releí en la noche. Buscaba luz con la que entrar en el misterio del domingo y de su Eucaristía.
Para la Iglesia, el tiempo final del Año litúrgico es signo del fin de los tiempos.
La carta del Apóstol Pablo da nombre a lo que el signo representa: “El Día del Señor”, que “llegará como un ladrón en la noche”; por eso se nos dice: “Estemos vigilantes y vivamos sobriamente”.
El evangelio, con su referencia explícita al “señor de aquellos criados”, que “al cabo de mucho tiempo, volvió y se puso a ajustar cuentas con ellos”, remite también a un juicio final sobre la vida de cada uno de nosotros.
Todo ello daría pie para una reflexión sobre nuestra responsabilidad, pues si una etapa termina para nosotros con el juicio, otra empieza en ese mismo instante, etapa que, feliz o desdichada, se habrá gestado en el seno de la que termina.
Pero esa reflexión, necesaria cuando se trata de definir nuestra responsabilidad moral, no basta para introducirnos en el misterio de la celebración eucarística.
Dado que la Eucaristía es encuentro con el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, será oportuno que en la parábola de los talentos indaguemos qué se nos dice del que nos llama, del que nos deja encargados de sus bienes, del que a su tiempo ha de ajustar las cuentas con nosotros.
Todo es del amo que “llamó a sus empleados, y los dejó encargados de sus bienes“. Observa, sin embargo, lo que se dice al empleado negligente y holgazán: “Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez”. Parecía que todo fuese del Señor, y lo era; pero también es verdad que todo es de los empleados, pues todo les ha sido dado: los talentos recibidos y los talentos ganados.
La parábola no se puede entender desde el negocio, sino desde la gratuidad, pues regalo es lo que el señor deja, regalo es lo que el empleado gana, y regalo es la recompensa que el señor da y que el empleado recibe.
El único que se ganó una condena a las tinieblas fue el que interpretó el amor de Dios como si fuese avaricia, y administró su vida como si de su señor nada hubiese recibido: ¡Uno que sabía cómo poner a Dios en su sitio!
Tiempo de negociar, tiempo de amar: ése es tu tiempo, Iglesia de Cristo, tiempo para acoger en la fe el amor que Dios nos tiene, tiempo para la respuesta humilde del amor que nosotros le tenemos.
Y la Eucaristía es imagen sacramental de esa relación de amor. El Padre, que nos ama, nos entrega hoy el talento inestimable que es Cristo. Y nosotros acogemos en la fe el magnífico don: escuchamos sus palabras de gracia, comulgamos su Cuerpo glorioso, y vamos en seguida a negociar para ser transformados en Cristo, que es el único modo que conocemos de ganar con el talento recibido.
Feliz domingo.

Homilia modelo para un funeral

En un momento en el que vivimos tenemos que decir que la confianza en la vida eterna de los que han abandonado este mundo se basa en la fe de Cristo muerto y resucitado. En este gran misterio encuentra el creyente la fuente del consuelo verdadero y busca el rostro de dios para Desahogar su alma en el.

Cuenta la historia que una abuela estaba escribiendo con un lapiz, se le acerca su nieto y le pregunta que está haciendo. La abuela le dice

Estoy escribiendo sobre tí , ahora bien, más importante que lo escribo con el lápiz es el lapiz que estoy usando, me gustaría que tú fueras como el lápiz , que fueras como el cuando crezcas y madures.

Depende, prosiguió la abuela. de como mires las cosas. Hay cinco cualidades en el que puedes si consigues conservarlas , te harán una persona en paz con todo el mundo.

Primera cualidad: puedes hacer muchas cosas, pero no debes olvidar nunca que existe una mano que guia tus pasos. A esa mano la llamamos Dios y Este debe conducirte siempr en la direccion de su Voluntad.

Segunda cualidad: de vez en cuando necesito dejar de escribir y usar el sacapuntas. Con eso el lapiz sufre un poco, pero al final está mas afilado y así escribe mejor. Has de saber soportar algunos dolores porque te harán una persona mejor.

tercera cualidad: El lapiz siempre permite que usemos una goma para borrar los errores. Debes entender que corregir una cosa que hemos hecho no es necesariamente malo, sino algo importante para mantenernos en el camino de la justicia.

Cuarta cualidad: lo que realmente importa en el lápiz no es la madera, ni la forma exterior, sino el grafito que lleva dentro. Por tanto cuida siempre lo que ocurre dentro de tí.

Quinta Por último , la quinta cualidad del lápiz siempre deja una marca. Del mismo modo has de saber que todo lo que hagas en la vida dejará huellas y procura ser consciente de todas sus acciones.

Hoy celebramos la huella que ha dejado Leopoldo en vuestras vidas, Cada uno de vosotros ha sentido su huella. De un modo especial su esposa y sus hijos. Posiblemente ha dejado huella en varios de vosotros la forma de dejar este mundo a una edad cuando todavía quedaba tanto por hacer. Pero hoy estamos aqui para recordar su vida, recordar las impresiones que dejo en cada uno de nosotros .

Ahora recordamos esta palabra pronunciada en las lecturas: no queremos que ignoréis la suerte de los difuntos para que no os aflijais como lo hacen los hombres sin esperanza. Los que han muerto , Dios, por medio de Jesús los llevará con El. Consolaos con estas palabras .

Hoy, al final de la tarde, como los discípulos de Emaus sentimos que nuestro corazón ardía al escuchar las palabras del Señor en nuestra vida.

Como el lápiz , Leopoldo tenía un gran corazón. Fue un hombre serio, trabajador incansable, responsable, comprometido con su trabajo ejerciendo la profesión de Ingeniero en Obras Publicas. visitó muchas zonas del mundo por razón de su cargo y muchas ciudades dentro de España.

La huella que dejó en los suyos y hoy damos gracias a Dios por ello fue su ejemplo personal: Era más un hombre de enseñar con el ejemplo de su vida, que con grandes discursos. Fue un hombre a juzgar por quienes lo conocieron de una dulce sonrisa, y una mirada penetrante. Mirada tengo que decir que me impresionó cuando lo visité en su lecho de dolor y cuando le ofrecí los consuelos de la oración y la esperanza cristiana. Tengo que decir que su mirada era penetrante y demostraba ser un hombre sensible ante los demás.

Estamos aqui para acompañar a su familia, esposa e hijos que han visto como poco a poco se iba debilitando su “madera,” su fisico se deterioraba, y cómo eran testigos de la poda que el señor iba haciendo en el y cómo el mismo se iba dejando afilar por ese sacapuntas que representa la enfermedad, el dolor , el sufrimiento. Estamos con vosotros , queridos amigos, y familiares de Leopoldo porque pensamos que el Señor no nos deja hoy como siempre y no pasa de largo , sino que se queda con nosotros, participando de nuestra mesa, comiendo nuestro mismo pan, ofreciendonos su mismo cuerpo y dejandonos beber su misma sangre para que como los díscípulos de Emaus experimentemos que Cristo vive, que está en medio de nosotros, que está resucitado y que Leopoldo va camino de sus manos. Ahora verá a Dios cara a cara , como el hombre en el paraiso. Que como la goma, Dios mismo haya borrado todo aquello que le impide ser el mismo delante de su creador. Que haya borrado para siempre los sinsabores, las desesperanzas, los desalientos y frustraciones por las que haya podido transitar en este mundo. Que ahora goce de la Vida eterna que DIOS ha querido darle a El y a nosotros . Descanse en la Paz del Señor.

Continuamos la celebración pidiendo al buen pastor, que nos conduce, que nos lleva a fuentes tranquilas y repone nuestras fuerzas que haya acogido ya en su seno a aquel que en este mundo hemos conocido, amado y respetado.

La fe la Verdad

La fe en la Biblia no se opone a la increencia, no. Se opone al miedo. A menudo se afirma, con una cierta ligereza intelectual, que nuestras sociedades están atravesadas por una poderosa y creciente corriente de incredulidad. Hemos intentado describir, en artículos anteriores, una constelación de suspicacias postmodernas referentes a determinados actores sociales: el médico, el juez, el político, el maestro y el periodista entre otros. Esta desconfianza no debe confundirse con la incredulidad, del mismo modo que la fe tampoco debe identificarse jamás con la pura y ciega credulidad.
El ciudadano postmoderno desconfía de tales figuras, pero practica una ciega credulidad con respecto a otros actores sociales o mensajes publicitarios que acepta incondicionalmente. Dicho llanamente: se los cree sin someterlos al análisis crítico y racional.

Es verdad que el sistema de creencias tradicionales ha sido puesto entre paréntesis. En términos generales, el ciudadano común ha dejado de creer en lo que creyeron sus ancestros, pero esta crisis no debe confundirse con la caída en la incredulidad. No hay duda de que, en nuestras sociedades, se dan enormes dosis de credulidad, de aceptación a pies juntillas de lo que expresan determinados medios de comunicación o personajes célebres.
Estamos sumergidos de lleno en una cultura sólo de oídas en la que ofician unos oráculos tales como, por ejemplo, la televisión, las revistas del corazón o los sistemas de moda. Casi mágicamente se atribuye la infalibilidad a ciertos iconos televisivos e igualmente la capacidad para marcar pautas del pensamiento y de la convivencia en nuestros días.

En esta delicada cuestión no siempre se distingue con nitidez la creencia de la credulidad. En ocasiones, se identifican ambos términos, cuando, de hecho, se refieren a actitudes vitales muy distintas. El creer es constitutivo de la persona, pero no todos creemos en lo mismo, ni del mismo modo.

El objeto formal de la creencia y la forma de vivirlo y de expresarlo abre profundas diferencias entre los seres humanos, pero más allá del tipo de creencias, el ser humano se manifiesta como un ser credencial, un ser que vive instalado en un marco de creencias religiosas o puramente civiles, pero que acepta de un modo no siempre consciente.

La creencia se relaciona directamente con lo que no es evidente desde un punto de vista lógico. Exige una dimensión de apuesta, en el sentido pascaliano del término, un cierto valor moral, aunque no por ello la creencia es irracional, sino que alberga una intraestructura racional. La creencia, contrariamente a lo que se cree, no es un patrimonio exclusivo de la persona religiosa. En el ateo y en el agnóstico subsisten creencias que tienen que ver con el futuro, con la utopía social, con horizontes ideológicos que no se presentan clara y distintamente a la razón.